Arzobispo de Cochabamba invita a Sacerdotes a seguir caminando con el pueblo para ser signo de amor y paz en el mundo

Martes Santo se realizó la Misa Crismal en la Catedral Metropolitana, presidida por Mons. Oscar Aparicio. En su homilía el Arzobispo destacó la importante misión de los ministros ordenados, quienes llevan y son la Buena Noticia para aquellos que sufren y necesitan de Dios. Con ello los invió a continuar caminando como iglesia unida, siendo parte del pueblo; para ser juntos, signo de amor para el mundo.

Monseñor Oscar animó al Clero a ser buenos administradores de la gracia de Dios, para ser repartida a los demás. Pidió también poder transmitir los signos de la fraternidad sacerdotal en toda la Arquidiócesis: “Sabiendo que sí es posible, es posible amarnos como hermanos, perdonarnos como hermanos, orar juntos, caminar juntos”.

Al iniciar la homilía, el Pastor de la Iglesia en Cochabamba enfatizó la comunión con los Obispos Eméritos, los sacerdotes de la Arquidiócesis que están en el exterior por estudio o servicio. Pidió por los sacerdotes que están pasando enfermedad y por quienes están en recuperación. También señaló el ofrecimiento de la Eucaristía por P. Miguel Angel Aimar y P. Txema Martínez, que partieron a la Casa del Padre el pasado Domingo de Ramos.

Homilía de Mons. Oscar Aparicio – Misa Crismal

Muy amados hermanos y hermanas, doy gracias a Dios por permitirnos celebrar esta Eucaristía, de esta manera así, presencial también con el pueblo de Dios entre nosotros, en esta Misa Crismal. Pero también doy gracias a Dios por celebrar esta Eucaristía en comunión con nuestros hermanos obispos eméritos. Monseñor Tito, Monseñor Luis Sainz. Nuestros sacerdotes, estudiantes en el exterior, Padre Edyl Padre Héctor y padre Ramiro Ortuño, nuestro sacerdote colaborador en la Santa Sede Padre Ariel Beramendi, con otros sacerdotes que no pudieron asistir por varios motivos a esta celebración. Sobre todo, aquellos que no pudieron asistir por enfermedad.

Un saludo muy especial a Padre Javier Mejía, que a través de los medios virtuales está concelebrando con nosotros esta Eucaristía. Pidamos por nuestros hermanos enfermos, Padre Miguel Manzanera está bastante delicado. Rezamos por él como por el Padre Mateo Garau. Y quisiera que ofrezcamos esta Santa Misa por el eterno descanso del Padre Miguel Ángel Aimar, sacerdote salesiano fallecido en Italia. Él ha entregado tantos años de su vida en medio de nuestros hermanos y comunidades rurales. Lo recuerdo con tanto cariño en su querida parroquia de Cami. Padre Líder lleva nuestros sentimientos de consuelo y de paz a toda tu comunidad.

Ofrecemos esta Santa Misa también por el eterno descanso del Padre Txema Martínez. Sacerdote de la Comunidad de San Viator, fallecido en Chile. Gran misionero, apasionado y celoso evangelizador. Él ha sabido vivir en profundidad su ser parte de esta Iglesia local. Creo que además ha mostrado un aprecio y entrega hacia la fraternidad sacerdotal. Incansable y apasionado con los quehaceres de nuestra Iglesia local. Ha sabido ponerle el alma, el corazón, a todo lo que es nuestro caminar como Iglesia local. Amante del clero diocesano, a quienes nos ha considerado como su propia familia sacerdotal. Un detalle que llama mucho la atención y predilección de Dios hacia estos hermanos nuestros, es El hecho de que su partida hacia la Casa del Padre se realizó en el Domingo de Ramos, domingo que hemos celebrado. Casi que podríamos decir que cuando se proclamaba el evangelio de la muerte y crucifixión del Señor, ellos, configurándose con Jesús, también decían Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. En serio, queridos hermanos, podemos estar seguros que tenemos en ellos, en Padre Miguel Ángel y en Padre Txema a dos ángeles custodios. Por último, seguimos orando por la paz en Ucrania y el cese de la guerra.

Todos hemos escuchado la Palabra de Dios. Es una palabra que todavía nos introduce en este sentido de comunión sacerdotal. Les invito a que primero remarquemos esto. Quisiera recordarles, sobre todo a los sacerdotes que hemos podido participar en el retiro espiritual de hace dos semanas, que hemos experimentado esta posibilidad real y verdadera de fraternidad sacerdotal. Es cierto que hemos reflexionado aspectos tan interesantes, pero sobre todo hemos podido vivir esta fraternidad sacerdotal sabiendo que sí es posible, es posible amarnos como hermanos, perdonarnos como hermanos, orar juntos, caminar juntos.

Nuestro testimonio es que con la gracia de Dios se puede vivir una iglesia, comunión, orar y caminar juntos. Espero que esto no sea sólo para el bien del clero, sino que ilumine a toda nuestra iglesia en Cochabamba, porque nos convertimos en testimonio, en signo real de que, en este mundo, en medio de nuestra Iglesia, en medio de nuestro mundo, aquí en Cochabamba, es posible también esta comunión, esta unidad. Hijos e hijas de un único Padre.

La Palabra de Dios hoy de manera reiterativa anunciaba aquel texto de Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Me gustaría que pongamos atención en las primeras palabras. Es el Señor que ha sido enviado por el Espíritu ungido, consagrado por Él. El Espíritu del Señor está sobre mí. Lo decía Isaías, lo dice Jesús. Lo decimos hoy también nosotros.

Él ha consagrado por la unción. Vean qué aspecto más bello para renovar también entonces hoy nuestro ser sacerdotal, que después lo volveré a decir más tarde. Y Él ha enviado, nos ha enviado, envía Jesús, envía al profeta, envía, envía al discípulo misionero, envía a nosotros sacerdotes en esta iglesia, a anunciar la Buena Noticia, a ser en nuestro ser la Buena Noticia, anuncio del Evangelio en medio de nuestras familias, de nuestros hermanos, de nuestras comunidades, que necesitan escuchar esta Buena Noticia y renovar también su fe.

Y escuchen bien: Me envió a llevar la buena noticia a los pobres. A aquellos que más lo necesitan, a los afligidos, a los enfermos, a los encarcelados, a los oprimidos, a los en crisis profunda, a los solitarios, a los depresivos. A aquellos que viven en total incertidumbre, aquellos que están en nuestras propias comunidades, los enfermos de Covid, los que sufren la violencia, a tantos niños y mujeres marcados por la violencia. Se nos ha llamado a nosotros, como a Jesús, a justamente anunciar esta Buena Noticia, el Evangelio del Señor a aquellos pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos. A dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia. Difícil tarea, sólo se la puede hacer configurándose al Buen Pastor, sólo se la puede cumplir en el Espíritu del Señor. Pero también la podemos cumplir en comunión sacerdotal.

Al final del Evangelio es Jesús que, dejando el libro, estando en pie, dice con gran autoridad: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír. Hoy podemos decir también nosotros, hermanos, que aquí, en medio de esta Catedral, en comunión en todos nuestros sacerdotes, podemos decir que hoy esta palabra también se ha cumplido. Esta palabra de la Escritura, cumplida en Jesús, se cumple también en nosotros.

Por eso, permítanme todavía resumir y remarcar aquello que haremos a continuación en la renovación de nuestro sacerdocio. En primer lugar, aparece algo fundamental, es decir, la sacramentalidad del ser signo del amor de Dios presente en medio de nosotros, y aparece como un llamado fuerte al centro de la vida cristiana, del centro y del epicentro de la vida cristiana, es decir, la Eucaristía. Luego aparece la necesidad de hacer todo este trabajo y esta labor, esta misión, este ministerio, en comunión con el obispo y el pueblo de Dios. Estamos a veces muy acostumbrados a remarcar lo del obispo. Y casi que olvidamos lo del pueblo de Dios. Pero está claramente señalado, es comunión, cierto, con el obispo, pero es comunión con el pueblo de Dios. Todos somos también, por tanto, sacerdotes, aquellos que ejercen esta misión y que hoy también se cumple esta palabra en todo este pueblo de Dios aquí en Cochabamba, para luego ser signo de amor en medio de este mundo, en medio de nuestras comunidades, en medio de nuestras familias.

Perdonen que recalque tanto esto de la comunión, pero creo que, si hemos tenido experiencias de lo que realmente significa esto, podemos saber que somos luz para las gentes. Que, si hemos experimentado que podemos perdonarnos y amarnos juntos, caminar y orar juntos, que sí sabemos poder entrar en la unidad reconciliándonos, que podemos ser comunión, testigos de comunión en este mundo, y la Iglesia lo puede hacer aquí en Cochabamba, de verdad es el mayor de los grandes servicios que estamos haciendo. El mejor ejemplo, la mejor muestra, el mejor regalo que se puede ofrecer al mundo hoy es esta unidad, esta comunión con el Señor, entre nosotros y con el pueblo de Dios.

Posteriormente, en estas promesas o esta renovación de nuestras promesas sacerdotales, aparece el conformarse estrechamente al Señor Jesús, movidos por el amor de Cristo, movidos por el amor de Cristo. Cuán importante será configurarnos a Él. Cuán importante será asemejarnos a Él. Cuán importante será ser otro Cristo, ciertamente, pero también a imagen de Él, movidos por el amor de Él, para servicio de la iglesia. Lo dice claramente, ¿Quieren ustedes renovar esto? ¿Quieren ser servidores de esta iglesia al mismo estilo del amor de Jesucristo, que ha entregado su vida en plenitud? Posteriormente se nos llama a renovar, nuestro ser administradores, buenos administradores, al celebrar o santificar, al enseñar y en la administración de los bienes terrenos movidos por amor a las almas. No es algo secundario, este oficio lo hacemos en nombre de Cristo, al servicio de los demás.

Por tanto, nuestro ejercicio y servicio, nuestro ministerio de enseñar, pastorear y administrar es un servicio sobre todo movido por el amor, por el amor a los hermanos. Lo que administramos son los bienes celestiales. Lo que administramos es la gracia de Dios presente y la podemos repartir a los demás. Lo que oramos y celebramos es justamente esta presencia del Señor.

Miren, hermanos, cuánto aprecio, la gente nos tiene. Hermanos sacerdotes, cuánto aprecio, cuánto cariño, cuánta atención por saber el aprecio, sobre todo de un sacerdote que puede repartir el Pan, que puede repartir la Palabra, que puede ejercer una administración de servicio. Las muestras de aprecio yo las he recibido por miles, pero también a nombre de ustedes. Esto es lo que estamos volviendo a renovar. No por mérito propio. No queremos hacerlo por servicio a nosotros mismos. No solamente centrados en lo que pueda ser nuestra personalidad y nuestras capacidades. Más bien en un servicio real, humilde a Cristo que nos ha regalado el don del sacerdocio; a ser buenos administradores.

Por último, podemos decir, como lo hace en la misma consagración, al renovar esta consagración, que somos parte del pueblo de Dios y le pedimos a este pueblo de Dios que ore por nosotros, que ore por sus servidores, que ore por sus sacerdotes. La Iglesia, pueblo de Dios, nos acompaña más de lo que podamos creer. Es verdad que también nos critican y que sirve también para renovarnos. Nos sirve también para convertirnos. Pero este pueblo de Dios es el sustento de nuestra vida. Por eso sabemos que rezan por nosotros, que nos quieren, que están acompañándonos, que caminamos junto a ellos. Somos parte de este pueblo de Dios. No somos solo una cabecita que camina sola. Somos parte de esta comunión, diríamos así, eclesial. Vamos a pedirles a ellos que nos acompañen, que nos animen y que sigan rezando por todos y cada uno de nosotros.

Aparte de esta renovación de nuestro sacerdocio, también vamos a bendecir los óleos. Yo no quiero extenderme más. Sin embargo, simplemente un detalle que a veces es obvio, pero necesitamos volverlo a decir o no caemos muchas veces en cuenta. Ya se lo ha dicho al inicio de esta celebración: el Crisma se consagra, los óleos de catecúmenos y enfermos se bendicen. Pareciera un detalle de poca cosa, pero tiene una profundidad y una sabiduría enorme. Catecúmenos y enfermos son bendecidos para poder ayudar a nuestros hermanos en su camino de fe y a nosotros mismos. Es la bendición de Dios, decir bien. Con estos odios vamos a aplacar el dolor, vamos a repartir la gracia de Dios, vamos a acercar a Dios mismo a nuestros hermanos, ya sea con la Palabra, ya sea con los sacramentos. Pero el crisma se consagra. Es una hermosa y gran diferencia en sólo la Palabra. Con este Crisma, con este óleo santo, con este crisma perfumado, hemos sido también nosotros ordenados. No solo es la bendición, es algo profundo y serio. Es la real y verdadera presencia de Dios que transforma. Les invito, pues, entonces, hermanos, hermanas, a que sigamos con nuestra Eucaristía, confiando en Dios y ahora ser testigos también de aquella renovación de nuestras promesas sacerdotales. Amén.

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