Arzobispo expresa que no es con el poder, autoridad, fama o dinero, que se consiga la felicidad, sino con servicio y apertura a todos.

Monseñor Oscar Aparicio en la homilía de este domingo llamó a reflexionar, en la Palabra de Dios, sobre el accionar de exclusividad que muchas veces se tiene, destacando que el poder, autoridad y bienes son solamente pasajeros; y lo que realmente llena de vida y felicidad es el servicio y ser abiertos con todos, así como Dios se muestra.

Llamó a poder reconocer en las personas que Dios se hace accesible a todos, que no busca exclusivismos: “No nos equivoquemos creyendo que el poder, por ejemplo, es el mayor bien que podamos tener y que nos satisface total y plenamente”.

Texto completo de la homilía

Hemos escuchado esta primera lectura que se produce en el campamento del pueblo de Israel. Moisés, que ha sido el caudillo que ha podido liberar al pueblo; y aquel acontecimiento, dado que siempre era de alguna manera reservado a Moisés, hoy somos testigos de que más bien se amplía, es decir, aparecen no sólo otros dirigentes, otros líderes en el pueblo, sino también se escoge incluso a setenta hombres, en los cuales es Dios mismo que hace que se pose el Espíritu.

Por eso vean que al final es bella la conclusión de este trozo de la lectura cuando dice un muchacho ha venido corriendo para dar la noticia a Moisés con estas palabras. Eldad y Medad, dos hermanos normales de miembros de la comunidad, están profetizando en el campamento. Josué llama la atención y dice esto no puede ser posible porque es algo propio de ti, casi como propiedad privada, el ser profeta. Pero escuchen lo que dice Moisés: ¿Acaso estás celoso a causa de mí? Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque Él les infunde su espíritu. Algo fundamental ha acontecido, así como la Palabra de Dios es posible para todos, el Espíritu y el ser profeta se abre también de manera universal. No es propiedad privada de Moisés.

El hecho de que Moisés podía tener la intimidad con Dios y hablar en la tienda sólo con Él y escuchar la revelación, no es algo únicamente de Moisés. Se da al pueblo de Israel, al pueblo de Dios; y el Espíritu, el Espíritu de Dios, puede posarse en cualquier miembro de la comunidad, porque él, es decir, Dios, infunde su Espíritu. No ha elegido solamente a alguien para privadamente, exclusivamente, íntimamente, hacerle partícipe de la revelación. Es de alguna manera, por decir así al género humano. Hermanos míos, esto es algo fundamental y además es algo tan esencial y tan bueno para nosotros, porque si para el solo el pueblo de Israel antes era la palabra de Dios supuestamente y la revelación, ya no, es para todos los pueblos. Si el Espíritu de Dios se comunicaba y habitaba en Moisés, ya no, puede también en otros hombres y mujeres del pueblo. Si el ser profeta, era exclusivo de Moisés, hoy ya no, y esto pone en la verdadera dimensión de lo que Dios actúa en este mundo.

Dios es accesible a todos, a ti, a ti, a ti, a mí. El Señor llama a todos. El Señor concede su Espíritu a todos. Lo único que no es posible conceder el espíritu, si alguien no lo quiere recibir. Es como el caso del perdón de los pecados, Dios siempre está dispuesto a perdonar porque es misericordioso; pero si alguien no quiere que se le perdone los pecados, ni el Espíritu es capaz de ayudar a que esto acontezca.

Pero hermanos, quiero que nos fijemos en primer lugar, entonces en esto, la Palabra de Dios, la revelación de Dios, el Espíritu de Dios, el pertenecer al pueblo de Dios, quiere decir también nuestra participación en la gloria de Dios. La vida y la resurrección es una buena noticia porque a todos se nos concede. No es propiedad privada de alguien o exclusividad solamente de alguien. Y el mayor tesoro que tiene el ser humano, el mayor tesoro es el Espíritu de Dios, que se nos ha donado absolutamente a todos.

Por eso el salmo decía: “Los preceptos del Señor alegran el corazón”. La voluntad de Dios es buena, pero para todos. La ley del Señor es perfecta, que da a todos, reconforta el alma, dona su Espíritu, dona su presencia. Atentos, por tanto: Ustedes acojan este mayor regalo, la presencia de Dios y el Espíritu y no se equivoquen, no se equivoquen, no nos equivocamos. No nos equivoquemos creyendo que el poder, por ejemplo, es el mayor bien que podamos tener y que nos satisface total y plenamente. No nos equivoquemos.

Moisés en esto es excepcional, es alguien que tiene autoridad, es alguien que tiene poder. Le dice a Josué: ¿Acaso estás celoso de mí porque yo no tenga poder? No te equivoques, lo mayor que se me ha dado es el Espíritu de Dios, y Dios quiere dárselo a todos. Por tanto, el mayor tesoro lo guardo en el corazón, no es el poder, no es la autoridad. O como dice Santiago, al fin y al cabo, no está el fundamento del gozo y la felicidad y del servicio que nos hace entrar en gozo, o nos hacen ser profetas o ser auténticamente discípulos misioneros del Señor, el dinero que nos va poder dar prestigio o lo que sea, no nos equivoquemos. Ay de ustedes los ricos, de alguna manera lo dice también Santiago. El poder y la riqueza no es el fundamento, no solo del gozo y la felicidad, sino no es el fundamento del ser humano.

Yo he escuchado a los jóvenes en este tiempo, que hablan mucho del “ubicatex”, que sería una pastillita para ubicarse bien. Hay que tomar para ubicarse bien, el “ubicatex”. ¿Qué quiere decir? Ubiquémonos bien en este mundo, es decir, nosotros no somos Dios. Y por más que queramos serlo y podamos pretender en este mundo ser grandes y poderosos, al fin y al cabo, esto termina poco. El ser humano al final es frágil, su mayor riqueza está en este espíritu que Dios le ha concedido. Su mayor felicidad es en el servir a los demás. Por eso ya había unos santos incluso que dicen: Da más gusto en dar que en recibir algo. La mayor satisfacción, el servicio bien hecho, es aquello que nos alegra el corazón enormemente y esto viene para cualquier autoridad, para cualquier autoridad. No está en el presentarnos como los que tienen mayor autoridad o de la mayor fama, y como que esto nos va inflar de felicidad porque repito, dura poco.

Y el Evangelio recalca absolutamente todo esto: hemos visto, dice Juan, que hay algunos que predican. Jesús le dijo, No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar de mí. No se lo impidan, porque si están con nosotros no pueden estar contra nosotros. Atentos más bien ustedes, porque si has pensado que a través de otras cosas te viene la felicidad y te viene la vida eterna, es mejor que cortes aquello. Atento, no es por el banco, por tu cuenta, no es por tu profesión, no está por tu fama, no es por tu linda cara, no es por la belleza. No es porque hoy eres autoridad y puedes mandar, no es porque tienes voz de mando que en realidad vas a poder entrar en el Reino de los cielos. Si has creído, si crees que el gran poder, el ser gran autoridad, es mejor que la saques, porque no es el fundamento de la vida y de la felicidad.

Más te vale entrar cojo o manco, o ciego al Reino de los cielos. Centremos bien también, entonces esta Palabra. No es de manera literal. ¿Dónde está tu poder? ¿Dónde te has equivocado? ¿Dónde crees que te viene el sentido profundo a tu vida? ¿De dónde crees que te viene la verdadera felicidad? De la fama, del dinero, del poder, de tu prestigio. Si has estado construyendo la vida en esto, es mejor que cortes, porque así entrarás libre al Reino de los Cielos.

Hermanos míos, acojamos esta palabra que el Señor nos ilumina. Que sea para nosotros entonces también la luz. Y que sea también como que aquella que nos ayuda a ser buenos discípulos misioneros del Señor. Amen.

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