Arzobispo insta a reconocer que se necesita una verdadera justicia para vivir en amor y perdón

Domingo V de Cuaresma, próximos a vivir la Semana Santa, el Arzobispo de Cochabamba llamó a que la justicia sea imparcial, sin manipulaciones. Invitó a reconocer que todos somos pecadores y muchas veces se actúa en beneficio únicamente personal. Con ello pidió a ser solidarios y hacer conciencia que todos necesitan vivir en amor y perdón

Homilía de Mons. Oscar

V domingo de Cuaresma, estamos propiamente casi a las puertas ya de la Semana Santa. De hecho, el próximo domingo celebraremos el Domingo de Ramos, que inicia la Semana Santa y por tanto es para percatarnos que estamos cierto ya en un recorrido bastante grande de esta preparación hacia la Pascua llamada Cuaresma, estos 40 días.

Yo espero que para todos nosotros sea un camino, un itinerario de renovar nuestra fe, de haber hecho situaciones puntuales, concretas, que nos ayuden a creer en el Evangelio y convertirnos, a reconocer que somos pecadores, necesitados del amor y del perdón de Dios. Saber o conocer nuestra fragilidad es fundamental para luego apoyarnos en Él y, por tanto, celebrar esta gran victoria de Dios sobre la muerte, sobre nuestra muerte, sobre nuestros pecados, sobre nuestra fragilidad. Porque el Dios que se nos presenta es un Dios de amor, de misericordia y de perdón, que hoy vuelve a recalcar, en la Palabra, aquello que hemos escuchado también ya el anterior domingo y celebrado.

Este domingo también se caracteriza por ser un domingo de solidaridad en nuestra Iglesia en Bolivia. Por tanto, queremos que todo aquello que significa no solo nuestros actos, sino también aquello concreto de las colectas que podamos hacer, vayan en beneficio de las Cáritas parroquiales, de la misma Cáritas Arquidiocesana. Para poder tener el auxilio a aquellos que de verdad más lo necesitan. Por tanto, les invito a que vivamos también este día en esta actitud y en esta solidaridad.

Las primeras lecturas de hoy recalcan aquello que ya hemos estado viviendo, la gran alianza, el gran amor de Dios, diríamos, anunciado por el profeta Isaías. Por eso el mismo salmo que nosotros lo hemos dicho juntos es: Grandes cosas hizo el Señor por nosotros. Reconocer que es un Dios que actúa, es un Dios providente, es un Dios que salva, que libera. Si hay acontecimientos claros que nos narran a través del pueblo de Israel, en realidad, es reconocer que nosotros hemos tenido la acción de Dios y siempre ha sido a beneficio, y siempre ha sido mostrando el amor, su gran poder, su gran misericordia. Ojalá que, repito, en este camino entrado ya de la Cuaresma, podamos reconocer y decir con este salmo: Es cierto, Dios ha actuado, es cierto, Dios me ama; es cierto, grandes cosas, ha hecho el Señor, por todos nosotros. Para luego, junto con San Pablo, llegar justamente a estas grandes afirmaciones que él mismo hace bajo la experiencia que él tiene. Se da cuenta que lejos de Jesús no se vive. Fundamentalmente dice: todo me parece desventaja comparado al inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Vean son palabras bellas que nosotros espero que también la podamos pronunciar.

Y el Evangelio nos presenta este acontecimiento muy importante. Yo les rogaría que, teniendo un poquito de paciencia, volvamos a, brevemente, hacer lo mismo que hemos hecho el domingo pasado, entrar al texto del Evangelio. Veamos primero ¿dónde está Jesús? ¿Dónde se sitúa este acontecimiento? Jesús fue al monte de los Olivos, donde acudía muchísimas veces a orar. Aunque no lo dice ahora el Evangelio, pero vivía la intimidad con su Padre. Al amanecer volvió al templo y todo el pueblo acudía a él. Significa que ha estado toda la noche en el Monte de los Olivos, retorna al templo y mucha gente acudía a él. Escuchen bien, entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Ya nos es familiar esta posición. Jesús se sienta, toma la autoridad. Es alguien que enseña con autoridad. Era la imagen, el Maestro, aquel que debía enseñar la palabra, tomaba asiento y con autoridad enseñaba, Jesús tiene esta actitud.

Y si nos centramos en Jesús, en la persona de Jesús, vean que es increpado después por los escribas y los fariseos. Parece que también lo estaban esperando. Y traen a una mujer que, sorprendida en adulterio, poniéndola en medio de todos, le dijeron a Jesús Maestro, escuchen bien. No le dicen Oye tú. Le dicen maestro, casi como reconociendo su autoridad, reconociendo que él puede ser un juez. “Esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la ley nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?” Y vean lo que dice el Evangelio: Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. La intención, por tanto, de estos escribas y de estos fariseos, es torcida. Es una actitud que quieren bajo la ley poner una trampa a Jesús. No le importa la mujer, no le importa las leyes. no le importa ni se han percatado que están delante del mayor juez. Esto pasa como un aspecto secundario. Ni les interesa la autoridad de Jesús. Quieren ponerlo a prueba para tener algo con que acusarlo. Porque si dice que hay que apedrearla, se somete a un juicio gravísimo de las leyes romanas. Si dice que no es pecado o le exonera inmediatamente se somete justamente a la ley de los judíos. Es contraponerse a Moisés y la ley.

La acusación, por tanto, es muy seria. La forma de querer es astuta e inteligente para tomarlo preso a Jesús, para tener de qué acusarlo. Jesús parece no tomarles mucha importancia y escribe en el piso. Escribe en el suelo con el dedo. No sabemos lo que escribe, pero tiene esta actitud. Como insistían mucho se levantó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. Pone en evidencia algo muy claro que todos son pecadores, que todos somos pecadores. Que tú y yo somos pecadores, nos hemos equivocado, hemos cerrado. No sólo la multitud que está esperando, por tanto, a escuchar las palabras de Jesús, tienen que oírlo también los escribas y los fariseos. No sólo la mujer pecadora, sino también nosotros. Vean cómo se puede transgredir fácilmente la ley. Con la ley se puede hacer de todo, de todo. Yo soy testigo, hermanos míos, que las leyes nuestras, a veces son tan manipuladas y que, si no tenemos un juez de verdad imparcial, al final puede exonerar al culpable y condenar al inocente. Las leyes son muy manipulables, como en este caso.

Sin embargo, fundamental es lo que nos está diciendo Jesús: Que entremos en la situación clara de nuestra situación concreta. Tú y yo hemos pecado. Tú y yo somos aquellos que hemos cometido errores. Tú y yo somos de aquellos que con la lengua hemos difamado. Tú y yo somos de aquellos que ha guardado juicio en el corazón contra otro. Tú y yo hemos dejado de ser solidarios. Tú y yo hemos, prácticamente, tenido también algo en contra de los demás, desde el corazón y actuado equivocadamente. Si no tienes pecado, tira la primera piedra. Todos se retiraron uno tras otro, comenzando por los más ancianos.

Jesús hace caer en cuenta que todos somos necesitados de amor y de perdón y. Jesús quedó solo con la mujer que permanecía allí, incorporándose, le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado? Yo espero, hermanos, que estas palabras las sintamos nosotros mismos. Nadie. Nada te ha condenado. Ella le respondió: Nadie, señor. Yo tampoco te condeno. El verdadero juez, el que podría acusar, el que podría condenar, el que no tiene pecado. Porque él sí podría tirar la primera piedra. “Yo tampoco te condeno” le dijo Jesús. Esta palabra, hermano, debe resonar este domingo en medio de nosotros, de nuestras comunidades. “Yo tampoco te condeno”, dice Jesús, Vete, no peques más en adelante.

Acojamos, pues esta palabra, que sea el Señor que perdone nuestros pecados. Que sea el Señor que nos capacite en la solidaridad. Que sea su amor, su misericordia, su perdón, que nos haga entrar en otra perspectiva, en nuestra propia vida. Y que esta semana sea una semana de preparación, todavía así, en plenitud, hacia la Pascua que queremos celebrar este año. Amén.

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