Arzobispo invita a asumir la actitud de los Reyes que buscan la luz, frente a tanta oscuridad y nubarrones de este tiempo

Monseñor Oscar Aparicio, Arzobispo de Cochabamba, en su homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, señaló que frente a los tiempos de nubarrones que vive la humanidad, es conveniente asumir la actitud de los magos que siguen la estrella, que da luz e ilumina, que es el mismo niño Jesús; y se deje de lado las actitudes de Herodes.

Destacó que siendo conscientes de la fragilidad humana reconocemos que todo es pasajero, más Dios, a través de su Hijo hecho hombre, trae la salvación, la eternidad. Así mismo mencionó: “Queremos ver la luz. Queremos que de verdad el Señor se manifieste en plenitud entre nosotros. Por eso decíamos al inicio, que nuestra actitud sea de apertura a un Dios que nace, que salva. Un Dios que nos trae la luz”.

Texto de la Homilía

Hoy celebramos la Epifanía del Señor y lo hemos dicho ya al inicio, también como la misma introducción de esta celebración nos los revelaba y es el hecho de que Epifanía es justamente la manifestación de Dios a todos los pueblos. Es decir, aquel que era invisible se ha hecho visible. Aquel que permanece en el cielo ha bajado a la tierra. Aquél que es Dios ha cobrado también la naturaleza humana, se ha manifestado a través de este niño.

El profeta lo estaba anunciando, hemos escuchado la primera lectura, frente a las tinieblas que pueden existir. Es una situación muy figurativa cuando dice: Las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad a las naciones. Es prácticamente la realidad del género humano en toda circunstancia y en todo momento. Y nosotros ya llevamos mucho tiempo también con estas tempestades, estos nubarrones, esta densa oscuridad. Si recuerdan ustedes, hermanos, el inicio de la pandemia, casi como aquí, por lo menos en Bolivia, así como dos años. El mismo Papa Francisco hubieras realizado, en el Vaticano en San Pedro, en la Basílica de San Pedro, esa imagen del Papa solito en la lluvia, haciendo esta celebración o pidiendo que el Señor nos salve, es decir, la tempestad, la oscuridad era una realidad. Nosotros mismos hemos, figurativamente aquí, en esta, en esta nuestra Arquidiócesis, en la festividad de Urcupiña. Si se han hecho las bellas imágenes que normalmente cada ocasión se hace para cada año, la celebración de Urcupiña, la Mamita de Urcupiña como integración y estos peregrinajes y esto que sabíamos hacer está figurativamente un gran nubarrón oscuro que cubre a la Virgen.

Y sabemos que entonces, no sólo figurativamente, sino hemos experimentado, hemos vivido esta situación de tempestad. Una oscura nube se ha posado sobre nosotros y ha traído dolor, no sólo oscuridad, dolor, desazón. Cuántas crisis, cuántos problemas. Todos estos miedos y estas crisis profundas en las que estamos sometidos ya, por eso el profeta cuando habla justamente de estas tinieblas que cubren la tierra y esta densa oscuridad a las naciones; al mismo tiempo hace un gran anuncio: Levántate, resplandece, porque llega tu luz, y la gloria del Señor brilla sobre ti. Esta es la esperanza. Esto es lo que hoy día proclamamos. El profeta se levanta y nosotros mismos, podríamos decir, a través de esta palabra, se levanta este gran anuncio, se acerca la luz. El Niño Jesús ha nacido. Pueblos de la tierra alaben al Señor, porque Él se manifiesta y Él nos trae la luz y la esperanza no perdurará para siempre estos nubarrones, no serán en la eternidad, sino más bien es una luz que se acerca y es para todos los pueblos. La desesperanza, la soledad, el sufrimiento, la muerte no es el fin del ser humano, más bien es participar de la gloria de Dios. Por eso Pablo cuando habla a los Efesios, cuando dice A mí también se me ha revelado esta verdad, la verdad del ser humano.

¿Cuál es la verdad del ser humano? ¿A qué está llamado el ser humano? ¿Qué es lo que se nos ha dicho? ¿Qué es lo que se nos ha manifestado? Que participaremos de la luz y de la gloria de Dios. Y esto es para todos los pueblos. Por tanto, también para nosotros.

Y vean que entonces el Evangelio viene a ser, creo, también el anuncio más grande, el cuento o el episodio, o aquello que se nos está diciendo como un acontecimiento vital. En aquel momento, pero que hoy se actualiza, que hoy vuelve a ser realidad, repasémoslo un poquito, un poquito. Cuando Jesús nació y dice el lugar, el momento y el reinado, es decir, el tiempo, el lugar y el espacio en este mundo, en este mundo, casi que podríamos decir cuando Jesús nació aquí en Cochabamba, en medio de nuestras familias. Cuando Jesús y apareció esta luz aquí en medio de nuestras familias, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron ¿Dónde está el Rey de los judíos que debería nacer? Son reyes venidos de oriente. Esto es muy significativo porque Oriente es el este, ese lugar donde nace el sol, ese lugar donde debería ver la luz. Sin embargo, estos que poseen o que gozan de la luz, quieren adorar al Rey de los judíos. ¿Por qué? Porque hemos visto su estrella. Porque el sol no dura para siempre. Porque la luz no dura para siempre. Esta estrella, en cambio, sí. Por eso hemos venido a adorarlo.

Y vean que se presentan a Herodes. Herodes con tramoyas, con engaños y con miedos enormes. Habla con los reyes para decirles: Díganme dónde está este niño, porque yo también quiero ir a adorarlo. Es decir, es toda una farsa. Porque lo que domina a Herodes es la oscuridad, es el miedo, es este gran nubarrón. Es esta gran muerte, diríamos así. Sólo tiene sed de poder. Sólo está engañado enormemente, creyendo que su reinado nunca terminará y que eso le da la vida. Y ese es el engaño más grande para Herodes. Aquí vale la pena una pregunta. Tú y yo, ¿en qué posición estamos? ¿En la de Herodes? O en la de los Reyes Magos.

Queremos ver la luz. Queremos que de verdad el Señor se manifieste en plenitud entre nosotros. Por eso decíamos al inicio, que nuestra actitud sea de apertura a un Dios que nace, que salva. Un Dios que nos trae la luz.

Hermanos míos, hemos descubierto que la fragilidad nuestra es demasiado grande, demasiado grande. Basta un bichito invisible y que prácticamente nos puede destrozar absolutamente todo. Basta unos nubarrones y nos destroza todo. Basta la precariedad en la salud y falla todo. ¿En qué nos basamos? ¿Cuál es nuestra fuente de vida? ¿Cuál es nuestra luz de verdad?

Los reyes descubrieron una estrella y guiados por esa estrella encuentran al Niño Jesús. Ellos se llenaron de alegría y al entrar en la casa encontraron al niño con María, su madre, y postrándose le rindieron homenaje. Escuchen bien, qué regalos le dan Oro. Reconociendo que, en este niño, en la fragilidad de este niño, en este Dios que está presente, reconocemos la realeza de Él. Él Es rey. Estamos sometidos a Él. De él viene la vida. Incienso, es decir, a él la gloria y la alabanza. Si el ser humano está creado para algo, es para responder al amor de Dios y para participar en la gloria de Dios. Por eso el incienso que ofrecemos, el culto que hacemos, la liturgia que tenemos, la celebración de la acción de gracias de la Eucaristía, es en realidad toda una oblación nuestra para reconocer que Dios es Dios y a Él se le debe la alabanza y la gloria, y de Él nos viene la gracia y nos viene a la vida y nos viene la gloria. Porque hemos nacido de las entrañas del mismo Dios, peregrinamos en este mundo y retornamos al corazón de Dios. Nuestro destino final es la gloria de Dios, la gloria en Dios

Y mirra, la mirra significa la humanidad, lo frágil. Reconocemos la grandiosidad de Dios y Dios, que es Dios, se ha hecho hombre y ha asumido nuestra naturaleza para elevarla. Es como dice San Agustín: Dios se ha hecho hombre para que nosotros podamos gozar de la divinidad.

Queridos hermanos y hermanas, feliz epifanía del Señor. Feliz año 2022 y todavía Feliz Navidad. Que Dios bendiga a sus familias porque Él se nos ha manifestado como la luz verdadera y la plenitud de nuestras vidas. Amén.

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