Arzobispo invita a ser testigos de la resurrección que ayuden en la reconstrucción de la humanidad frágil y destruida.

Domingo de la resurrección del Señor, en el gozo de esta celebración presidida por Mons. Oscar Aparicio, el Arzobispo invita a aceptar el regalo de vida eterna que el Señor entrega con su resurrección para que Él pueda reconstruir la humanidad frágil y destruida, dando realmente vida.

Con ello animó a ser testigos de la resurrección del Señor, que infunda el gozo pascual en un mundo donde sigue presente la deshumanización, la guerra, el odio, la venganza, la división, la muerte. Por eso, dijo: “la resurrección y la salvación que nos trae el Señor, no sólo hay que vivirla, hay que también quererla y adoptarla”

Homilía Mons. Oscar Aparicio – Domingo de Resurrección

¡Aleluya, Aleluya! ¡Cristo, nuestra Pascua ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya!

Esta gran exclamación la vivimos y la podemos pronunciar, creo, desde nuestro propio interior. Con la certeza de que este gozo, esta alegría, aquello que inunda, inunda de alegría, es esta vida, es la resurrección de Jesucristo nuestro Señor. Esto hemos experimentado, y esto estamos celebrando.

Decíamos anoche que no necesitamos ni emborracharnos, ni alienarnos, ni grandes músicas, ni grandes festejos, ni grandes comilonas, ni nada por el estilo para experimentar este gozo enorme de la resurrección del Señor. Es una serena paz, es una alegría y un gozo profundo, enorme, que nadie, nadie lo puede quitar. Por eso exclamamos también así, con serenidad, aunque con firmeza, de que esta alegría inunda nuestro ser, inundan nuestras familias, inunda nuestro mundo por la resurrección del Señor. Él ha querido regalarnos la vida y la vida en plenitud.

Quisiera, sin embargo, traer también a la mente de ustedes aquello que hemos vivido estos días de preparación y todo lo que ha ido aconteciendo en nuestro mundo. Una de las figuras que aparecía muy evidentes y muy claras, cuando Pilato presenta a Jesús a la multitud. Jesús ha sido flagelado, torturado, Jesús había sido azotado, con la intención de Pilato de poder después liberarlo. Jesús había hecho mofa, de aquellos que lo veían. Ya el profeta Isaías decía: Es ante quien se devuelve el rostro, no se lo quiere mirar. Es tal el horror que puede mostrar que, aunque esté coronado y coronado de espinas y esté con un cetro siempre en sazón de mofa, en realidad es una humanidad absolutamente destruida, caída, abatida. Y Pilato decía: He ahí el hombre. Éste es el hombre, referido ciertamente a Jesús, pero referido también a la humanidad, a nosotros mismos.

No hay especie, más absurda, diríamos así, especie viviente que va contra sí misma, que lucha contra sí misma, que se destruye a sí misma. Parece, por tanto, la gran ironía, entonces, que nosotros hemos podido exaltar la resurrección y la vida del Señor. Y, sin embargo, también hoy puede seguir presente en este mundo la deshumanización, la guerra, el odio, la venganza, la división, la muerte. Por eso, hermanos, la resurrección y la salvación que nos trae el Señor, no sólo hay que vivirla, hay que también quererla y adoptarla.

Les invito, pues que entonces nosotros, en nombre de toda esta humanidad, aceptemos esta vida que el Señor nos regala. Acojamos a Cristo Resucitado. En medio de nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras ciudades, en nuestros pueblos, en esta humanidad frágil y destruida. Queremos que el Señor reconstruya nuestro ser. Queremos que el Señor nos dé realmente vida. Queremos ser testigos de la resurrección del Señor.

Hemos escuchado hoy la palabra que vuelve a redundar en aquello. Y que, pese al pecado y a la agresión y al no querer, de muchos de la humanidad, al no querer la vida que se nos regala, el Señor resurge y da la vida, el Señor perdona. Por eso decíamos Este es el día que hizo el Señor.

Frente al testimonio de los otros, que nuestro testimonio, aquellos que hemos experimentado la resurrección se eleve, así como este cirio se eleva e ilumina las tinieblas que también se debe en este mundo, reconociendo que el Señor ha traído la paz, la salvación y la vida. Este es el día que hizo el Señor, alegrémonos y regocijémonos en Él.

O aquello que decía el mismo apóstol, el hecho de que es Él la vida y que nosotros también apareceremos junto a Él llenos de gloria. Hacia esto estamos llamados esta humanidad caída, salvada, redimida por Dios, camina no hacia la tumba, sino hacia la vida y la gloria.

Y en la Pascua o en la secuencia de Pascua hemos anunciado esto mismo. Son bellas las palabras y la pregunta que le dice: Dinos, María Magdalena, ¿Qué has visto tú en el camino? Y ella, bajo su testimonio, responde. He visto el sepulcro de Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado. Ojalá que éstas sean también nuestras palabras. He visto a los ángeles testigos del milagro. He visto el sudario y las vestiduras. Ha resucitado Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea.

Lo que el Evangelio se cuenta es justamente esto. Cuando han experimentado estas mujeres a Jesús que vive, viendo el sepulcro vacío creen, que aquello que había anunciado el Maestro, el Señor, había sido verdad. Por eso, cuando Simón Pedro corre junto al otro discípulo para ser testigo de aquello que habían anunciado y habían escuchado de las mujeres; luego de entrar al sepulcro vacío, ser testigo, de que aquel que había sepultado no está allí. Es la misma palabra que hemos escuchado anoche. Cuando estos hombres le dicen María ¿a quién buscan? O, mejor dicho, todavía dice más profundamente. Ustedes están buscando aquel que creen que está entre los muertos, no lo hagan, porque ha resucitado, no está entre los muertos. Este no es nuestro destino final. Pedro dirá, aunque no ha comprendido todavía, dice es verdad, Él debía resucitar de entre los muertos.

Amados hermanos y hermanas, les invito, pues entonces, que acojamos este acontecimiento con todo respeto, con toda humildad, con toda sencillez, pero con este gran gozo. Dejarnos amar por Él, dejarnos resucitar por Él. Nuestra fragilidad es demasiado grande. Nuestros odios nos llevan a demasiado a destruir al ser humano. Nuestra ansia de poder llega a extremos enormes. Sin embargo, este que debería estar entre los muertos no está porque vive, y esto es también para nosotros. De nosotros se dirá, gracias a Jesús, buscas a aquel que está entre los muertos o crees que está entre los muertos, no lo busques, ha resucitado, Él vive.

Que es tu humanidad, por tanto, hermanos míos. Esta humanidad que somos nosotros, podamos también encontrar esta resurrección y esta vida. Por eso nuestro gozo es mayor somos partícipes de aquello. Por eso nuestro gozo es demasiado grande. Este es el día que hizo el Señor. Alegrémonos y regocijémonos en Él, porque el que debía estar entre los muertos vive. ¡Aleluya, Aleluya!

Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado ¡Aleluya, Aleluya!

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