Arzobispo pide seguir clamando y defendiendo la vida con acciones en favor de los sufrientes e inocentes

Monseñor Oscar Aparicio hizo un llamado a continuar reconociendo y respondiendo a Dios, que ha regalado su amor y la vida, con generosidad y solidaridad, principalmente con aquellos que más necesitan y que son utilizados por su inocencia.

Pidió que la voz que defiende la vida y busca la paz sea escuchada por aquellos grupos violentos y por quienes llevan la dirección de la sociedad como autoridades para que siempre se busque el bienestar de todos, promoviendo acciones de vida y no de muerte.

Texto completo de la homilía.

Les recuerdo que el domingo pasado el mensaje era el profundo amor de Dios hacia nosotros, hacia el género humano. Es el Dios de la vida, es un Dios que ama profundamente, que le interesa lo que puede pasar a todos sus hijos e hijas, que interviene en la historia, que construye siempre la historia en positivo y dando la vida y la vida en abundancia. Porque eso es lo que quiere no sólo el amor profundo, sino expresado en la vida total y plena. Qué quiere que todos nos salvemos

Por otro lado, era también la respuesta o la invitación a que nosotros, como reconociéndonos hijos e hijas de Dios, reconociéndonos hermanos entre nosotros, como pueblos, respondamos a este amor también de manera generosa, casi como que, diciendo como en nuestro refrán siempre se dice amor con amor se paga.

Hoy la Palabra de Dios nos presenta a dos viudas que responden profundamente al amor de Dios. Vean que la realidad de estas dos viudas es justamente la realidad que vivían en el tiempo de Jesús, descartadas, abandonadas, gente muy pobre, también económicamente, desamparadas en el sentido más extenso de la palabra. Desamparadas porque no tienen quien le defienda. De hecho, los considerados o las consideradas más abandonados son justamente, las viudas y los huérfanos, no hay quien dé la cara por ellos, quien los defienda. Aunque la experiencia también sabemos que Dios nunca, nunca les abandona. Probablemente de aquí nace la generosidad de aquella respuesta de amor profundo.

La primera viuda que aparece en la lectura es ésta que en la fatal hambruna que existe, al final obedece y escucha, cree en la palabra del profeta. Prepara para él una tortilla para que sacie el hambre, es un extranjero, es uno que no lo conoce. Ella no es del linaje del pueblo de Israel. Sin embargo, en toda su pobreza, en toda su humildad, en todo su desamparo, reconoce y cree que este mensajero, al que le da el pan, también le trae la salvación. Y, de hecho, así como Dios había prometido, la harina y el aceite no se agotan y da de comer a ella y a su hijo hasta que pase la hambruna. Pero vean, la actitud de esta viuda es alguien que da hasta lo último que tiene, es alguien que comparte hasta lo último que tiene.

La otra viuda que presenta Jesús en el Evangelio es también de la misma situación desamparada, pobre. De hecho, no tenía más que unas pocas moneditas. Era su sustento, era lo que le quedaba. Probablemente no podía ni siquiera adquirir con esto casi nada, o muy poco para subsistir. Sin embargo, sin embargo, todo lo que tenía, todo lo que tenía, lo da. Y Jesús remarca esto, “muchos otros han dado de lo que les sobra. Esta viuda ha dado absolutamente todo en estas pocas monedas”. Ha demostrado muchísimo amor, ha demostrado la generosidad total y absoluta. Hermanos míos, eso solo se puede hacer si se experimenta el amor de Dios profundo y se cree que la seguridad de la vida, de la historia y de todo está justamente o que nos viene de Dios.

Que nuestra actitud sea, por tanto, aquella. Que estamos dispuestos a aceptar esta Palabra de salvación, es decir que el amor, la Vida, la verdad nos viene de Dios mismo. Y que, por tanto, a nosotros nos toca responder este amor con generosidad y solidaridad, respetando profundamente y defendiendo profundamente la vida. La vida de todo ser humano es preciosa a los ojos de Dios. Y se nos invita a respetarla a bendecirla, a decir como en el salmo: Alabado seas, mi Señor, porque tú quieres esto.

Nuestra solidaridad entre nosotros de reconocernos como hermanos tiene que llevar justamente al servicio de los demás y sobre todo a los más pobres, podríamos inclusive hoy a los no nacidos, aquellos que ya tienen la vida y son hijos e hijas de Dios desde la concepción.

Que nuestra voz, por tanto, llegue aquellos grupos violentos, que nuestra voz llegue a aquellos o aquellas instituciones también de Estado, que deben defender la vida y promover la vida, promover el bien de los hijos e hijas en una sociedad.

Queridos hermanos y hermanas, reconociendo a Dios, reconociendo su amor, reconociendo que este Dios nos acompaña y nos regala la vida, que nosotros también la sirvamos total y plenamente en nuestros hermanos. Les invito a seguir clamando, a seguir defendiendo la vida también en las acciones que podamos tener, por ejemplo, en nuestras acciones de pedir justicia, en nuestras acciones, de pedir que haya también leyes justas. El pedir que podamos crecer como una sociedad que sobre todo tiene atención a los más pobres, inclusive en todas nuestras acciones futuras.

Que el Señor nos preserve de la violencia, que el Señor nos preserve de tener actitudes que van contra el ser humano; y peor todavía, contra inocentes.

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