CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

El sexto tema de formación, en nuestro itinerario del Credo, está dedicado a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo; la omnipotencia del amor con que Dios crea, guía la historia y realiza, en Jesucristo, su plan de salvación en el mundo.

“Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”.

Esta profesión de fe formulada por la Iglesia, nos remite a las fuentes bíblicas, donde la verdad sobre el Espíritu Santo se presenta en el contexto de la revelación de Dios Uno y Trino, está basada en la Sagrada Escritura, especialmente en el Nuevo Testamento, aunque, en cierta medida, hay preanuncios de ella en el Antiguo Testamento.

La primera fuente a la que podemos dirigirnos es un texto del Evangelio de San Juan contenido en el “discurso de despedida” de Cristo el día antes de la pasión y muerte en cruz. Jesús habla de la venida del Espíritu Santo en conexión con la propia “partida”, anunciando su venida (o descenso) sobre los Apóstoles. “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré” (Jn 16,7).

El contenido de este texto puede parecer paradójico, Jesús, que tiene que subrayar: “Pero yo os digo la verdad”, presenta la propia partida (y por lo tanto la pasión y muerte en cruz) como un bien: “Os conviene que yo me vaya…”. Pero enseguida explica en qué consiste el valor de su muerte: por ser una muerte redentora, constituye la condición para que se cumpla el plan salvífico de Dios que tendrá su coronación en la Venida del Espíritu Santo. La venida del Espíritu y todo lo que de ella se derivará en el mundo serán fruto de la redención de Cristo.

La venida del Espíritu Santo sucede después de la Asención al cielo. La pasión y muerte redentora de Cristo producen entonces su pleno fruto. Jesucristo, Hijo del hombre, en el culmen de su misión mesiánica, “recibe” del Padre el Espíritu Santo en la plenitud en que este Espíritu debe ser “dado” a los Apóstoles y la Iglesia, para todos los tiempos, Jesús dijo: “Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). Es una clara indicación de la universalidad de la redención, pero esta debe realizarse mediante el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo presentado por Jesús especialmente en el discurso de despedida del Cenáculo, es evidentemente una Persona diversa de El:

  • “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito” (Jn 14,16).
  • “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26)
  • “El convencerá al mundo en lo referente al pecado” (Jn 16,8).
  • “Cuando venga El, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13)
  • “El me dará gloria” (Jn 16,14)

De estos textos emerge la verdad del Espíritu Santo como Persona, y no sólo como una potencia impersonal emanada de Cristo. Siendo una Persona, le pertenece un obrar propio, de carácter personal. En efecto, Jesús, hablando del Espíritu Santo, dice a los Apóstoles: “Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está” (Jn 15,26).

Coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona.

El Designio Divino de Salvación se consuma en Cristo, Primogénito y Cabeza de la nueva Creación y por el Espíritu Santo que nos es dado, se realiza en la humanidad: La Iglesia, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna.

1. EL NOMBRE Y LOS APELATIVOS DEL ESPIRITU SANTO

El Espíritu Santo es el nombre propio de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, a quién también adoramos y glorificamos, junto con el Padre y el Hijo. En la Sagrada Escritura encontramos otros apelativos:

Paráclito:

Palabra del griego “Parakletos”, que literalmente significa aquel que es invocado, es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos presenta el Espíritu Santo diciendo: “El Padre os dará otro Paráclito” (Jn 14,16). Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito y que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado, constituyendo su prolongación. El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna.

Esto es lo que ha realizado Cristo y el Espíritu Santo es llamado “otro paráclito” porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

El Espíritu de la Verdad

Jesús afirma de sí mismo: “Yo soy el Camino la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel discurso de despedida con sus apóstoles en la Ultima Cena, dice: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros siempre, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 16-17). El Espíritu Santo es quien después de la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la misma verdad que Él ha anunciado y revelado. El Paráclito, es la verdad, como lo es Cristo.

El Espíritu Santo – Espíritu de la Verdad, es aquel que, según la palabra de Cristo, “Convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio” (Jn 16,8). Es significativa la explicación que Jesús mismo hace de estas palabras: pecado, justicia y juicio.

 “Pecado” significa, sobre todo, la falta de fe que Jesús encuentra en los suyos, es decir, los de su pueblo, los cuales llegaron incluso a condenarle a muerte en la cruz.  Hablando después de la justicia, Jesús parece tener en mente aquella justicia definitiva que el Padre le hará (“…porque voy al Padre”) en la Resurrección y en la Ascensión al cielo. En este contexto, “juicio” significa que el Espíritu de la verdad mostrará la culpa del “mundo” al rechazar a Cristo, o, más generalmente al volver la espalda a Dios. Pero puesto que Cristo no ha venido al mundo para juzgarlo o condenarlo, sino para salvarlo, en realidad también aquel “convencer respecto al pecado” por parte del Espíritu de la verdad tiene que entenderse como intervención orientada a la salvación del mundo, al bien último de los hombres.

El “juicio” se refiere, sobre todo, al “príncipe de este mundo”, es decir, a Satanás. Él en efecto, desde el principio, intenta llevar la obra de la creación contra la alianza y la unión del hombre con Dios: se opone conscientemente a la salvación. “Por esto ha sido ya juzgado” desde el principio.

Si el Espíritu Santo debe convencer al mundo precisamente de este “juicio”, sin duda lo tiene que hacer para continuar la obra de Cristo que mira a la salvación universal.

Señor y dador de vida

El término hebreo utilizado por el Antiguo Testamento para designar al Espíritu Santo es “ruah”, este término se utiliza también para hablar de “soplo”, “aliento”, “respiración”. El soplo de Dios aparece en el Génesis, como la fuerza que hace vivir a las criaturas, como una realidad íntima de Dios, que obra en la intimidad el hombre.

Desde el Antiguo Testamento se puede vislumbrar la preparación a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre es principio de la Creación, que realiza por medio de su Verbo, su Hijo; Y mediante el Soplo de Vida, el Espíritu Santo.

La existencia de las criaturas depende de la acción del soplo –Espíritu de Dios, que no solo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra. Es Señor y Dador de Vida porque será autor también de la resurrección de nuestros cuerpos: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11)

Santificador

Es Espíritu Santo es fuerza que santifica porque El mismo es “Espíritu de Santidad” (Cfr. Is 63,10-11). En el Bautismo se nos da el Espíritu Santo como don, con su presencia santificadora. Desde ese momento el corazón del bautizado se convierte en Templo del Espíritu Santo, y si Dios Santo habita en el hombre, éste queda consagrado y santificado.

Esta inhabitación del Espíritu santo, que santifica a todo hombre, alma y cuerpo, confiere una dignidad superior a la persona humana que adquiere una relación particular con Dios y da un nuevo valor a las relaciones interpersonales ( Cfr. 1 Cor 6,19)

LOS SÍMBOLOS DEL ESPIRITU SANTO

Al Espíritu Santo se le representa de diferentes formas:

El Agua: El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo ya que el agua se convierte en el signo sacramental del nuevo nacimiento. El agua es símbolo de purificación como se lee en Ezequiel “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré” (Ez 36,25).

Pero será Jesús quien presente el agua como símbolo del Espíritu Santo cuando, un día de fiesta, exclame ante la muchedumbre: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí, como dice la Escritura. De su seno correrán ríos de agua viva” (Jn. 7, 37-39).

Con estas palabras se explica también todo lo que Jesús dice a la Samaritana sobre el agua viva, sobre el agua que da El mismo. Esta agua se convierte en el hombre en “Fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 10-14)

La Unción: En su intervención en la sinagoga de Nazaret, Jesús se aplica a sí mismo el texto de Isaías que dice: “El Espíritu del Señor Yahvé, está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvé” (Is 61,1). Se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios a una persona a quien eligió.

La participación en la unción de la humanidad de Cristo con el Espíritu Santo pasa a todos los que lo acogen en la fe y en el amor. Esa participación tiene lugar a nivel sacramental en las unciones con aceite, cuyo rito forma parte de la Iglesia, en el Bautismo, la confirmación, Unción de los Enfermos y el Orden Sacerdotal.

El Fuego: simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Sabemos que Juan Bautista anunciaba en el Jordán; “Él (Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3,11) el bautismo en Espíritu y fuego indica el poder purificador del fuego: de un fuego misterioso que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios.

Jesús mismo decía: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12,49).

La Nube y la Luz: símbolos inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Así desciende sobre la Virgen María para “cubrirla con su sombra”. Así mismo se manifiesta En el Monte Tabor, en la Transfiguración. El día de la Ascensión, aparece una sombra y una nube.

El viento: símbolo central en Pentecostés, acontecimiento fundamental en la revelación del Espíritu Santo: “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban los discípulos con María (Hch 2,2).

Jesús en la conversación con Nicodemo, cuando usa la imagen del viento para hablar de la persona del Espíritu Santo: “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu” (Jn 3,8)

La Paloma: En el Bautismo de Jesús, el Espíritu Santo aparece en forma de paloma y se posa sobre Él. En el antiguo Testamento, la paloma había sido mensajera de la reconciliación de Dios con la humanidad en los tiempos de Noé. En el Nuevo Testamento, esta reconciliación tiene lugar mediante el Bautismo

La Mano: mediante la imposición de manos, los Apóstoles y ahora los Obispos, transmiten el “Don del Espíritu”.

diocesisdecanarias.net

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