mar. Jun 18th, 2019

Cuando uno se siente amado y perdonado, es un anticipo del Cielo

Así expresó Mons. Oscar Aparicio durante su homilía, en la misa dominical celebrada en la Catedral de San Sebastián, este Vº Domingo del tiempo pascual, destacando que estamos llamados a hacer presente Reino de Dios a través del amor.

Nuestro Pastor señaló además que el Señor nos llama, en cada tiempo, a una renovación, que el pasado es parte de cada uno pero está el desafío de hacernos nuevos. Invitó a podernos llenar de los frutos de la resurrección, poder anunciar a Cristo Vivo, sintiéndonos herederos de la vida eterna pues somos parte del pueblo de Dios, hermanos que pueden vivir el mayor signo que es el amor, sentir y dar amor, así como recibir y dar perdón.

Video y texto de la Homilía

Estamos todavía en este camino de la Pascua del Señor, casi en su epílogo ciertamente; y hoy, la Palabra vuelve a insistir en tantos aspectos que son frutos de la resurrección del Señor.

Hoy, la primera lectura habla, muy clara y evidentemente, de este gran anuncio que se sigue proclamando en todo el mundo. Los testimonios de Pablo y Bernabé, la proclamación de Pablo y Bernabé, las figuras de ellos también nos alcanzan a nosotros, hoy.

Aquello que dice la palabra, que se alegraban enormemente porque la resurrección o el Señor Jesús anunciado y proclamado, vivido, ha sido llegado también o proclamado a los paganos. Esto también acontece con nosotros, nosotros no somos de la estirpe de Israel. Somos de los pueblos de todo el mundo. No creo que aquí en este ambiente haya alguien de esta estirpe de Israel. Sin embargo, la Palabra de Dios, el Evangelio, la experiencia de Jesús resucitado, este saludo que el mismo Señor hace a sus discípulos, deseándoles la paz, también nos alcanza a nosotros; pueblos y personas, venidos de todas las razas, pueblos, naciones. Es el primer anuncio, por tanto, otra vez, de alegría y de resurrección total.

El segundo fruto o el motivo también, de hoy, de este domingo, aparece en la segunda lectura cuando es Juan, en el Apocalipsis, la experiencia de la comunidad que anuncia un cielo nuevo y una tierra nueva, una nueva creación. Y de hecho, si nosotros seguimos esta lógica podemos decir que nosotros somos el nuevo pueblo de Dios.

Decir, aquello que ya está anunciado, vivido, proclamado, en el antiguo testamento, de la estirpe de Israel, de este pueblo elegido por Dios tiene una continuidad también en la Iglesia, en nosotros, porque somos el nuevo pueblo de Dios. O sea la nueva creación es evidente, es por tanto real y verdadera.

No se trata, queridos hermanos, de una novedad como a veces nosotros pensamos, como que fuera un comenzar de cero. Se trata de una renovación, de la continuidad. Es lo que nos pasa a nosotros, nosotros siempre podemos estar en constante renovación, es más, Dios nos llama justamente a esto, a que cada año, a que continuamente, a que día a día, nosotros renovemos, por ejemplo nuestra fe en el Señor. Seguimos siendo los de antes, hay una continuidad de nuestra vida, pero podemos estar renovados en el Señor. Es diferente la pascua 2019 a la pascua 2018.

Tiene que ver nuestra pascua 2019 con la pascua 2018, como tiene que ver nuestro presente con nuestro pasado, pero podemos estar renovados, total y plenamente, los cielos nuevos y la tierra nueva es la posibilidad, o lo que Dios mismo nos regala en frutos de su resurrección. Lo pasado se hace presente pero se actualiza; por tanto lo que nosotros podemos contemplar es una renovación total y esto nos involucra también a nosotros.

Esto es lo bueno, esto es lo hermoso, es como también nos puede acontecer, somos de verdad de una realidad mortal, somos débiles, somos frágiles, somos incluso pecadores. Sin embargo, Dios hace una creación nueva, nos llama por su gracia, por su fuerza y su poder, nos llama a ser renovados en camino de santidad.

Nosotros, que éramos pecadores, podemos ser del pueblo elegido de Dios, nosotros que estábamos en las tinieblas podemos recibir la gran luz, nosotros que estábamos en la muerte podemos vivir.

Esto es lo hermoso, también, de esta programación en esta mañana, los cielos nuevos y la tierra nueva nos toca también a nosotros. Quiere decir que, hermanos estamos en proyección de algo, sumamente importante. El ser humano, como la creación del universo no ha sido creado y ha aparecido así como el hongo, no cierto, de nada; si no tiene que ver en un Dios que nos tiene en sus propias entrañas.

Salimos del corazón de Dios, peregrinamos en este mundo, pero tenemos la certeza de la eternidad en la gloria de Dios. Porque lo que hoy se nos anuncia es que este Jesús resucitado anuncia también la gloria suya. Por tanto, es la gloria a la que estamos llamados también nosotros.

No hemos nacido para después rencarnarnos, no hemos nacido para desaparecer. Nacemos de las entrañas de Dios para vivir eternamente. La resurrección nos alcanza a ese límite. Estamos llamados a la gloria de Dios.

Si ustedes han escuchado las palabras, destino o predestinación, que a veces no siempre le entendemos, lo entendemos como fatalidad; en el sentido de que van a acontecer las cosas, haga lo que haga yo, eso ya está destinado, y no es así. El destino cristiano, la predestinación cristiana, es que Dios nos ha llamado a participar de su gloria, de la vida en la eternidad, en Dios. Y esto hermanos espero que sí, que nos ponga de mucha más alegría; porque si nosotros hemos nacido en este mundo, pasamos unos pocos años, porque por más que pasemos 100 años son pocos al final, estamos llamados a vivir en la eternidad en Dios.

Como anticipo de todo esto tenemos otros frutos de la resurrección y es lo que anuncia el Evangelio. Jesús, en su gran discurso de despedida, en la última Cena, qué es lo que está diciendo: Ámense los unos a los otros, como yo les he amado. Un fruto de la resurrección es el amor.

Y hermanos, donde pueden decir que no, cuando uno perdona, cuando uno se reconcilia, cuando uno tiene la posibilidad de decirle al otro que le ama, o cuando uno se siente amado profundamente por Dios o perdonado por Dios o por los hermanos, es un anticipo del cielo. Es como dice el salmo: miren el amor de los hermanos, es como el ungüento que baja por las barbas de Aarón, es decir este aceite que refresca, que renueva.

Estamos llamados, por tanto, ya en este mundo a vivir en anticipo la gloria de Dios que él nos regala. Que la resurrección sea pues entonces una realidad también entre nosotros, sabiendo que tenemos también muchos signos de muerte, muchos signos de anti amor que no nos dejan vivir. Y sin embargo en anticipo podemos gozar de estos cielos y esta tierra nueva, en el amor que Dios nos ha dado y nos ha regalado.

A precio de sangre hemos sido salvados y la dimensión de esta cruz, del resucitado, podemos también vivir en anticipo, en este mundo, en medio de nosotros o nosotros mismos, en esta tierra vivir la resurrección, la gloria de Dios; esto estamos caminando y esta es nuestra esperanza.

Amén.

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