EL ESPÍRITU SANTO EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Presentamos el séptimo tema, conociendo sobre la acción del Espíritu Santo en la Historia de la Salvación, continuación del anterior tema.

1. LAS PROMESAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

“Mirad yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre…permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24,49). “Mientras estaba comiendo con ellos les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre (Hch 1,4).

Hablando de la “Promesa del Padre”, Jesús señala la venida del Espíritu Santo ya anunciada de antemano en el Antiguo Testamento. Leemos en el libro del Profeta Joel: “Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizaran, vuestros ancianos soñaran sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (Jl. 3, 1-2). Precisamente a este texto del Profeta Joel hará referencia Pedro en el primer discurso de Pentecostés.

Estas promesas han encontrado una expresión concreta en el Profeta Ezequiel (Ez. 36, 22- 28). Dios anuncia por medio del Profeta, la revelación de su propia santidad, profanada por los pecados del pueblo elegido, especialmente por la idolatría. Anuncia también que de nuevo reunirá a Israel purificándolo de toda mancha. Y luego promete: “Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra…infundiré mi espíritu en vosotros yo haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas…seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. (Ez 36, 26-28)

2. EL ESPIRITU SANTO EN LA ENCARNACIÓN Y LA MISIÓN DE JESÚS.

Todo el “evento” de Jesucristo se explica mediante la acción del Espíritu Santo. La verdad sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad la leemos sobre todo en la vida del Mesías: de Aquel que fue “Consagrado con el Espíritu” (Cfr. Hch 10,38).

  • El primero de estos momentos es la misma Encarnación, es decir, la venida al mundo del Verbo de Dios, que en la concepción asumió la naturaleza humana y nació de María por obra del Espíritu Santo.
  • En el episodio de la Visitación: María se puso en camino “con prontitud” para dirigirse a la casa de Isabel, ciertamente, por una necesidad del corazón, para prestarle un servicio afectuoso, como de hermana. San Lucas nos pone de relieve la acción del Espíritu Santo en el encuentro de las dos futuras madres: María “Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo” (Lc 1,40-41). Isabel experimenta de modo sensible aquella presencia del Espíritu Santo. Ella misma lo atestigua en el saludo que dirige a la joven madre que llega a visitarla.
  • En la Presentación de Jesús en el Templo: “He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolidación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo” (Lc 2,25). Es decir, actuaba en él de modo habitual y “le había revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor” (Lc 2.26)
  • En el crecimiento espiritual del joven Jesús: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre El” (Lc 2,40). En el lenguaje del evangelista el “estar sobre” una persona elegida por Dios para una misión suele atribuirse al Espíritu Santo, como en el caso de María y Simeón.
  • En el Bautismo de Jesús: Todos los evangelistas nos han transmitido el acontecimiento (Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22; Jn 1, 29-34). “Se abrió el cielo y se oyó una voz que venía de los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. (Mc. 1,11) Así en el bautismo de Jesús en el Jordán tiene lugar una teofanía cuyo carácter trinitario queda mucho más subrayado que en la narración de la anunciación. El “abrirse el cielo”, significa, en aquel momento, una iniciativa de comunicación del Padre y del Espíritu Santo con la tierra para la inauguración religiosa de la misión mesiánica del Verbo encarnado.
  • En la experiencia del desierto: “El Espíritu le empuja al desierto” (Mc 1,22). Por lo tanto, Jesús sigue el impulso interior y se dirige adonde le sugiere el Espíritu Santo. Ese desierto, además de ser lugar de encuentro con Dios, es también lugar de tentación y de lucha espiritual. Jesús, por tanto, es conducido al desierto con el fin de afrontar las tentaciones de Satanás. Las Tentaciones sufridas y vencidas por Jesús, se nota la oposición de Satanás contra la llegada del reino de Dios al mundo humano. Pero Jesús lo refuta apoyándose en la misma palabra de Dios, aplicada correctamente.
  • En la Oración: Jesús permanece profundamente entregado a la oración. San Lucas nos informa que se retiraba a los lugares solitarios donde oraba. Sus ratos de oración duraban a veces toda la noche. Los evangelistas destacan algunos de estos ratos, por ejemplo: la oración que hizo antes de la transfiguración en el monte Tabor, la que realizó durante la agonía de Getsemaní, etc. Existe un caso en el que el evangelista atribuye explícitamente al Espíritu Santo la oración de Jesús. “Y Jesús, después de haberles asegurado que había visto a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10,18), se llenó de gozo del Espíritu Santo y dijo: “Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10,21)
  • En la predicación mesiánica de Jesús: En la Sinagoga de Nazaret, Jesús había aplicado a sí mismo la profecía de Isaías que comienza con las palabras “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,18). Aquel “estar el Espíritu sobre El” se extendía a todo lo que El hacía y enseñaba (Hch 1,1). En efecto escribe San Lucas: que “Jesús volvió (del desierto) a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos” (Lc 4, 14-15). Aquella enseñanza despertaba interés y asombro “Todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca” (Lc 4,22). Lo mismo nos dice de los milagros y del singular poder de atracción de su personalidad: toda la multitud de los que “habían venido (de todas partes) para oírle y ser curados de sus enfermedades…. procuraba tocarle porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos (Lc 6, 17-19). Los evangelios sinópticos recogen otra afirmación de Jesús, en sus instrucciones a los discípulos, que no puede dejar de impresionarnos. Se refiere a la “blasfemia contra el Espíritu Santo” Dice: “A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará (Lc 12,10; Mt 12,32; Mc 3,29). La blasfemia a la que se refiere es en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la cruz.
  • En el sacrificio de Jesucristo: Fijemos la atención en las últimas palabras que pronunció Jesús en su agonía en el Calvario. En el texto de Lucas se escribe: “Padre, en tus manos pongo mi Espíritu” (Lc 23,46). Jesús encomienda (es decir, entrega) su espíritu al Padre con la perspectiva de la resurrección. Confía al Padre la plenitud de su humanidad. En el Evangelio de Juan leemos “Cuando tomó Jesús vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza entregó el Espíritu” (Jn 19,30). Es, pues, justo ver en el sacrificio de la cruz, el momento conclusivo de la revelación del Espíritu Santo en la vida de Cristo.
  • En la resurrección de Cristo: En la Carta a los Romanos (1,3-4) el Apóstol Pablo escribe: “El evangelio… acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos. Jesucristo Señor nuestro”. Por consiguiente, podemos decir que Cristo, que en el momento de su concepción en el seno de María por obra del Espíritu Santo ya era Hijo de Dios, en la resurrección es “constituido fuente de vida y de santidad, lleno de poder de santificación, por obra del mismo Espíritu Santo.

3. EL ESPIRITU SANTO EN LA IGLESIA

 Pentecostés: El día de Pentecostés, la Iglesia, surgida de la muerte redentora de Cristo, se manifiesta al mundo, por obra del Espíritu Santo. Se hizo patente cuando vino el Espíritu Santo y los Apóstoles comenzaron a “dar testimonio” del misterio pascual de Cristo.

En efecto, Él no se limitó a atraer oyentes y discípulos mediante la palabra del Evangelio y los “signos” que obraba, sino que también anunció claramente su voluntad de “edificar la Iglesia” sobre los Apóstoles, y en particular sobre Pedro (Cfr. Mt 16,18). La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Asocia a los fieles en una comunión en Cristo con el Padre en el Espíritu Santo. Por medio de los sacramentos de la iglesia, Cristo comunica su Espíritu Santo a los miembros de su Cuerpo, para producir frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu.

El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Nosotros no sabemos pedir como nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros (Cfr. Rm. 8,26). La Iglesia es capacitada por el Espíritu para realizar en la liturgia las “obras de Cristo” (Cfr. Jn 1412), a través de la liturgia, principalmente de los sacramentos, Cristo continúa realizando en la historia, por medio del Espíritu su obra de redención y santificación de todo el género humano. Por esto, la liturgia de la Iglesia, el “nuevo culto en el Espíritu y la verdad”, es a la vez, obra de Cristo y acción de la Iglesia.

El Espíritu Santo santifica a la Iglesia principalmente en los sacramentos, haciéndolos eficaces. Él es quien actúa en los sacramentos para hacer que comuniquen la gracia que cada uno de ellos significa. La Iglesia afirma que, para los creyentes, los Sacramentos son necesarios para la salvación, que en cada uno de ellos otorga el Espíritu Santo, esto nos transforma y nos configura con Jesucristo.

4. EL ESPIRITU SANTO Y LA VIDA CRISTIANA

A partir del Bautismo, El Espíritu Divino habita en el cristiano como en su templo. El apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios (3, 16) pregunta “¿No sabéis que… el Espíritu de Dios habita en vosotros?”

Ciertamente, la acción del Espíritu Santo penetra en lo más íntimo del hombre, en el corazón de sus fieles, y allí derrama la luz y la gracia de vida. “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios?” ( 1Cor 6,19). El cristiano, mediante la inhabitación del Espíritu Santo, llega a encontrarse en una relación particular con Dios que se extiende a todas las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito familiar como en el social. Cuando el Apóstol recomienda: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios” (Ef 4,30), se basa en esta verdad revelada: la presencia personal de un Huésped interior, que puede ser entristecido a causa del pecado, ya que éste es siempre contrario al amor.

Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que:

  • Nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar
  • Nos hace partícipes de su conocimiento y de su amor
  • Hace que nos abramos a las personas divinas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. El Espíritu Santo es el principio de acción y lucha contra lo que:

• Intenta separarle de su condición de hijo

• Le impida amar y servir a Dios en el orden nuevo del Espíritu (Cfr. Rm 7,6).

Gracias al Espíritu y guiados por El, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone al Espíritu.

Los cristianos creemos firmemente que el Espíritu Santo está y camina con nosotros, nos acompaña a lo largo de nuestro camino de santificación, obra y actúa en lo más íntimo de cada uno: es a lo que llamamos las gracias actuales. Por las que nuestra inteligencia, voluntad, impulsos, querer, etc. Están impregnados de su presencia y de su fuerza, y nos ayudan a actuar de acuerdo con lo que Él nos dice o inspira.

La vida cristiana es seguir a Cristo, es decir, es seguimiento: «Ven y sígueme» (Mt 19,21) que no va dirigido exclusivamente a aquellos a quienes quiere confiar una misión particular y especial, sino que es la condición de todo creyente, de todo discípulo suyo. Seguir a Jesucristo es el fundamento esencial y original de la vida cristiana. El Papa Juan Pablo II nos lo explica claramente en una de sus encíclicas:

«No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre».

«Seguir a Cristo no es una invitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz» (Fil 2, 5-8). Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (Cfr. Ef 3,17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con Él; lo cual es fruto de gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros».

En definitiva: La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (Cfr. Rm 6,22; Gal 5,22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren.

5. LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del

Espíritu, estos dones son:

Sabiduría: Nos da la capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios. Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades de este mundo; nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.

Ciencia: El hombre iluminado por el don de la ciencia, conoce el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Y no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida.

Consejo: Este don actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma. El cristiano ayudado con este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña.

Piedad: Mediante éste don, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. El don de la piedad orienta y alimenta la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia ayuda y perdón. Además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.

Temor de Dios: Con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor a Dios, el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de permanecer y de crecer en la caridad. Entendimiento: Mediante este don el Espíritu Santo, que «escruta las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios, al mismo tiempo hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación.

Fortaleza: el don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios, en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez. Es decir, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: «Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» ( 2 Cor 12,10).

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