“En el nacimiento de todo niño o niña, en este mundo, se expresa el plan salvífico de Dios” Mons. Oscar Aparicio

En este cuarto domingo de adviento, Mons. Oscar Aparicio señaló que cada ser humano, cada vida, es importante, pues todos son parte del plan salvífico de Dios. Así como a María, también se dice a cada uno “Feliz tú, porque has creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.

Con ello animó a seguir en este camino que prepara a celebrar la venida del Señor. Un Dios que nunca se olvida de sus hijos, mas bien se llena de alegría por cada uno. Es por esto que, con la Virgen María, hace a la humanidad participe de su misma salvación. Subraya que cada hombre y mujer, también se llene de gozo y alegría pues la confianza está en el Dios de la Vida.

Texto de la Homilía.

Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor son las últimas palabras del Evangelio de hoy. Pero que hermosa y grande conexión tiene con lo que hemos estado escuchando hasta ahora y la celebración del domingo del domingo anterior decíamos el domingo de la Alegría. Esta invitación a alegrarse total y plenamente, aunque hoy Isabel lo ratifica en María, Bendita tú, gozosa tú, feliz tú, porque has creído en esta palabra y en realidad lo que radica, el motivo fundamental del gozo y de la alegría. Ya lo decía Sofonías, el anterior domingo, es en que Dios nos ha mirado con predilección.

El Señor, al crearnos, Él mismo goza, se alegra, es bendito, es feliz. Este es el motivo también de nuestra alegría. Y luego será toda la Palabra de Dios que anuncia que el segundo y grande motivo de nuestro gozo y de nuestra alegría radica justamente también en que nuestra salvación está cerca. Es lo que dice hoy, propiamente, la misma palabra cuando está hablando el apóstol Pablo: Es este el hijo de la promesa, el Mesías, el Cristo, que llegará a dar la vida por nosotros, por este amor profundo de Dios hacia la humanidad. Y será Él el que nos liberará. Él viene, Él se acerca. O lo que dirá propiamente también el profeta Miqueas.

Vean que el anuncio de Miqueas, el profeta, es un anuncio en un momento muy particular del pueblo de Israel. La ciudad había sido destruida y ellos han sido llevados al exilio, a la deportación. El pueblo está destruido, ya no existe templo, ya no existe ciudad. Ya no existe ninguna seguridad, ya no existe ni ejército ni religión. El Estado propiamente está totalmente aniquilado. Frente a esto, Miqueas habla de la salvación: Tú, Belén de Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti nacerá el que debe gobernar a Israel. En la sencillez, en lo pequeño, en lo que ha quedado de la total destrucción. De tus orígenes, se remontan al pasado a un tiempo inmemorable. Y escuchen lo que dice bien, el Señor no los abandonará hasta el momento en que dé a luz la que debe ser madre. Ya es el anuncio entonces de que el Mesías, la salvación, el Dios con nosotros, se hará presente y nacerá de una joven madre. Y es propiamente lo que el Evangelio hoy día nos anuncia. El tercer motivo, por tanto, de nuestra alegría, de nuestro gozo. Lo que esperamos radica justamente en el hecho de que Dios se hace hombre, nace de mujer.

Hermanos míos, esto hay que subrayar, en todo nacimiento de todo niño o niña, en este mundo, se expresa el plan salvífico de Dios. El Dios con nosotros se hace presente en nuestra humanidad. En el Niño Dios, en el Niño Jesús, aparece este sentido profundo de la creación del ser humano, de nuestra creación. Por tanto, si nosotros gozamos al mismo estilo del gozo de Dios, o entramos en este gozo de Dios porque existimos, porque somos. Y porque está cerca la venida de Él. Hoy, de manera particular, nuestro gozo es más grande todavía porque tiene que ver con nosotros. Porque María, la joven madre es de nuestra raza.

Por eso el Evangelio, hermanos, se convierte en un anuncio enorme, también de buena noticia. Recuerdan lo que se nos estaba anunciando a través de Juan Bautista al final de la lectura del Evangelio del domingo pasado, decía; que Juan Bautista anunciaba: “La voz que clama en el desierto anuncia la Buena Noticia, se acerca su liberación. Conviértanse” Hoy es María la que anuncia esta buena noticia.

El Evangelio es muy corto, sin embargo, nos dice absolutamente todo esto. María, ya esperando al niño Jesús, ya embarazada, ya aquella que ha sido testigo del amor de Dios, aquella que ya se siente salvada y liberada, gesta en su vientre a la humanidad. Gesta, en su vientre a Jesús. Se va por la montaña de Judá a un lugar más descampado y visita a su prima Isabel; otra en la cual se ha producido la salvación y la gran esperanza. Una estéril había quedado embarazada. Y vean el saludo: apenas está Isabel y oye el saludo de María, el niño salta de alegría en su vientre e Isabel, llena del espíritu, exclama ¿Qué es lo que dice? “Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”. La llama a María feliz, bienaventurada, gozosa. Es casi como también nosotros nos dijera lo mismo. ¿Quién soy yo para que la madre de mi señor venga a visitarme? ¿Por qué has tenido tal complacencia? ¿Por qué Dios te ha enviado? Yo no merezco esto y, sin embargo, se ha hecho realidad. Apenas oí el saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre.

Aquí el objetivo, hermanos, más que las madres que se alegran, más que las madres dicen palabras, más que la madre visita y la otra acoge la visita, está el hecho de que los niños son testigos de aquello. Juan saluda a Jesús. Juan salta en el vientre de su madre para saltar de gozo, de alegría y anunciar la Buena Noticia y mostrar a la humanidad a Dios que nace. Dios que se hace hombre, el Emmanuel, el Dios con nosotros.  Feliz tú por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.  Estas palabras son dirigidas a María, pero también a nosotros. Feliz tú, porque has creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.

Lo invito, pues, hermanos entonces, hermanos y hermanas, a que estos últimos días de preparación en el Adviento sean con intensidad, sean llenas de oración nuestra, pues nuestra mirada puesta en Dios, nuestra esperanza en aquello que viene para redimirnos, como decía también de alguna manera el Salmo. Vivimos situaciones difíciles de vivir, cada uno personalmente vive situaciones no gratas. Nuestro pueblo vive situaciones graves. La humanidad vive una situación crítica. Es aquí donde nacerá el Señor y si nosotros hemos creído, seremos felices. Por tanto, terminemos de preparar bien nuestro pesebre viviente para que Cristo, nuestro Salvador, nazca en nosotros y en medio de nosotros. Amén.

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