Hoy domingo celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio del amor de Dios

Hoy, domingo después de Pentecostés, la Iglesia Católica celebra la “Solemnidad de la Santísima Trinidad”, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero.

Hechos para compartir la vida divina

Canta el himno de las laudes de este día: “El Dios uno y trino, misterio de amor, habita en los cielos y en mi corazón”, recordándonos que estamos invitados a tomar parte de la vida íntima de Dios, fuente de amor inacabable.

Al revelarnos su naturaleza trinitaria, Dios nos introduce en el misterio más grande: siendo Él unidad perfecta, es también comunidad de Personas. Y, aunque la inmensidad divina nos resulte insondable, nuestro corazón rebosa agradecido por el don recibido, don infinito e inmensurable de Amor!

Abramos, pues, con humildad, el corazón a Dios, uno y trino; que cada Persona de la Trinidad ocupe un lugar en nuestras vidas.

“Ahora vemos en un espejo, en enigma” (I Cor 13, 12)

A lo largo de la historia, el conocimiento de la Trinidad ha ocupado a santos, teólogos y, por supuesto, a todo aquel que con amor ha querido conocer mejor su fe. Todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, anhela ese conocimiento desde lo más profundo, muchas veces, sin saberlo. No podría ser de otra manera, puesto que Dios nos ha creado para conocerlo y amarlo, y para estar siempre con Él -Dios es la plenitud que buscamos-.

No obstante, también es necesario reconocer que somos creaturas y, por lo tanto, seres limitados. Frente a Dios, (entiéndase) en presencia de lo sagrado, siempre habrá cosas que no podremos explicar, cosas que no podremos entender, preguntas que saltarán una y otra vez sin que encuentren respuesta definitiva. Por eso, es natural que sobrevenga cierto desconcierto, incluso un desánimo inicial, que habrán de ser superados, y en grado sumo, al contemplar, en oración amorosa, el misterio de la Trinidad. No olvidemos que Dios es eso precisamente: un “misterio”. Ya lo advertía Santa Juana de Arco: “Dios es tan grande que supera nuestra ciencia”; aún así, por amor, se ha revelado.

Humildad para contemplar el misterio

Un relato ampliamente difundido en la Edad Media y que llega hasta nosotros da cuenta de San Agustín de Hipona, Obispo de Tagaste, caminando cerca de la orilla del mar mientras meditaba sobre la Trinidad. De pronto, se percata de que un niño, cubeta en mano, estaba tratando de llenar con agua de mar un hoyo que había hecho en la arena.

Agustín se acerca y le pregunta entonces por qué lo hace, a lo que el pequeño responde: “Quiero vaciar toda el agua del mar en el agujero”. “Eso es imposible”, replicó el santo. De inmediato, el niño lo mira y le dice: “Si esto es imposible, lo es mucho más tratar de descifrar el misterio de la Santísima Trinidad”.

¡Vaya lección para el entendimiento que pretende abarcarlo todo!, como también para aquel que se rinde ante lo vasto!

San Patricio, Patrono de Irlanda, al predicar sobre el misterio de la Trinidad, usaba una hoja de trébol de tres puntas, haciendo una analogía entre estas y las tres personas divinas -las puntas siendo distintas y distintas “componen” una sola entidad, como las Tres Personas son un único Dios.

Frente a Dios, de rodillas

Como en tantas ocasiones, se nos presentan dos extremos: pretender alcanzarlo todo; creer que no podemos lograr nada. Algo así sucede cuando nos situamos enfrente de algo -o Alguien- tan grande. Mejor no desesperar; pero tampoco caer en el exceso de confianza. Seamos sensatos.

No olvidemos que responder al amor de Dios y conocerlo mejor es siempre una tarea conjunta entre nuestra naturaleza en cooperación con la Gracia. Pidamos al Señor que nos ayude a amarlo cada vez más, y conocerlo, hasta donde nos sea posible.

¡Bendita sea la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tres Personas y un solo Dios verdadero!

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