Iglesia llama a reconocer errores y enmendarlos

Monseñor Oscar Aparicio, Arzobispo de Cochabamba, en la homilía de este domingo 4 de julio, hizo un llamado a autoridades, servidores y sociedad, a reconocer la fragilidad humana que hace cometer errores y pecar, causando que se justifiquen o se creen falsas realidades, con ello invitó a una conversión sincera y enmendar actitudes. “No tengamos miedo de reconocer nuestra fragilidad que nos equivocamos y enderezar nuestros pasos”.

Nuestro Pastor remarcó la complicada situación que vivimos siendo que Bolivia tiene índices enormes de violencia y de feminicidio, expresando que es necesario un reconocernos pecadores y tener un cambio de actitud, siendo profetas en la vida diaria, a ejemplo de Jesús quien nos ayudará. Así destacó la figura de Santa Nazaria Ignacia, y de la Venerable Virginia Blanco, dos mujeres que fueron parte de nuestros pueblos, y que en su debilidad y sencillez mostraron la fuerza de Dios en medio del pueblo que lo necesita.

Texto de la homilía de Mons. Oscar Aparicio

Muy amados hermanos y hermanas, la Palabra de Dios hoy presenta al profeta, no tanto su labor o la misión a la que ha sido llamado, aunque de alguna manera, indirectamente, menciona también que esta labor, aquello que está propio en su misión, traerá también muchas dificultades. Por tanto, no es una tarea fácil.

De hecho, hemos escuchado en la primera lectura del profeta Ezequiel. Es alguien que ha tenido muchísimas dificultades. Es el profeta que está en el exilio junto al pueblo y debe anunciar aquello que muchas veces el pueblo no quiere escuchar y se le hace difícil, cuesta arriba, su misión y su mensaje. Porque el pueblo en el que está o el pueblo en el que tiene que hacer este mensaje o realizar esta tarea, es un pueblo obstinado, es un pueblo incrédulo, es un pueblo caprichoso, testarudo. De hecho, así mismo lo dice y lo menciona la Palabra de Dios.

Sin embargo, hay una peculiaridad muy importante que Dios mismo se lo revela y le dice: Es bueno que tú hagas esta misión o realices esta tarea, para que el pueblo sepa que hay un profeta que vive entre ellos y que anuncia entre ellos.

Y es aquí, hermanos, donde creo que también la Palabra de Dios hoy resalta nuevamente en el Evangelio: Jesús es profeta. Y vean que el Evangelio lo anuncia de manera muy, muy importante, remarcando de alguna manera que Jesús es el profeta, porque Él ha sido llamado y enviado. Aquel que es carpintero, que es artesano, aquel que vive entre ellos porque conocen a su madre y a sus hermanos, a sus hermanas porque saben quién es Él. Se presenta justamente en la sinagoga. Esto es muy peculiar, porque llegando el sábado, Jesús participa de la asamblea donde se glorifica a Dios y donde se escucha su palabra. Sinagoga es al mismo estilo de la Iglesia que nosotros conocemos. Es esta asamblea convocada, es el lugar del culto, ese lugar donde se va a escuchar la Palabra de Dios, se comparte la Palabra de Dios, se escucha, por tanto, la palabra de alguien importante. Y en este caso es Jesús.

Por eso son admirados. Dice: ¿De dónde le ha salido tal sabiduría? ¿De dónde viene todo esto? Y además de hacer milagros, si a Él lo conocemos. Se cumple, por tanto, la palabra de Ezequiel en Jesús: el profeta está entre ustedes. Así como al estilo que el Reino de Dios está presente ya en Jesús. El profeta también vive en medio de ustedes. Está en ustedes. Es el Enviado. Es aquel que va a anunciar una palabra y va a hacer posible que esta palabra proclamada sea también actualizada, porque está presente también en medio de nosotros. La obra de Dios está presente en medio de nosotros, o Dios mismo está presente en medio de nosotros.

Vean, hermanos, que esto es fundamental también, entonces, el día de hoy.  Repetidas veces lo hemos dicho y creo que lo podemos volver a reiterar. Jesús no nos abandona. El Dios hecho hombre habita en medio nuestro. El profeta que viene a anunciar la Palabra de Dios, proclama su palabra en medio de nosotros. Hermanos aquí creo que también nos invita a nosotros mismos, la Iglesia, a ejercer este también ser profeta; lo hace de manera sencilla en su vida cotidiana, en lo ordinario también, siendo lo que es, es decir, carpintero o artesano, entre sus hermanos, entre su mismo pueblo.

Por eso, bello el paralelismo que haya hoy estos días de recordar un aniversario más de Santa Nazaria Ignacia, una mujer entre nosotros, una santa entre nosotros; una de nuestro pueblo, podríamos decir. Como es hermoso, creo, saber que la venerable Virginia Blanco está en este proceso también de beatificación. Una de nosotros, una profesora, alguien que ha habitado aquí en nuestra tierra, en medio de nuestro pueblo, en lo ordinario, en lo cotidiano. No son personas que han manifestado ser tan extraordinarias y tan llenas de no sé qué, que son impactantes. Más bien se trata de personas normales, lo cual indica que entonces también a todos nosotros, el Señor nos está llamando también esta tarea evangelizadora y profética. Tú y yo, que estábamos acá, esperemos que realmente el Señor nos ayude como discípulos misioneros del Señor a también ejercer este ser profeta en medio de un pueblo que así lo necesita.

Pero veamos todavía lo que dice el Evangelio, en realidad, el escándalo a la que llegan los contemporáneos de Jesús, no es tanto porque él realizaba grandes obras, sino porque en realidad se admiraban y se escandalizaban, porque cómo uno que es tan normal pueda hacer semejantes obras. Pues como aquella vez, dice la palabra también, que se escandalizaban porque se ha atribuido tal poder, el poder perdonador, que sólo corresponde a Dios o no se acepta. O lo que escandaliza es: cómo es posible que Dios, siendo tan grande, pueda manifestarse también en un hombre. Lo que no se llega a aceptar del todo y plenamente de Jesús es el hecho de que sea el Hijo de Dios. Que la Encarnación es una realidad en medio de este pueblo. Que Dios se ha bajado y ha tomado rostro humano. Por eso Jesús dirá: un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.

Queridos hermanos y hermanas, nos toca a nosotros, por tanto, volver a pedir insistentemente a Dios que nos conceda la fe para no ser como aquellos que Jesús mismo se asombraba. Dice la Palabra y Él, es decir, Jesús, se asombraba de su falta de fe. Señor, auméntanos la fe, Señor, que seamos de aquellos que cree en Jesús, profeta, sanador, en Jesús que es Hijo de Dios, que lo proclamamos y lo aceptamos. Y si lo seguimos, somos aquellos también que quieren ser enviados a esta misión, aunque no fácil, pero de anunciar, reconociendo que sí tenemos una debilidad, así como Pablo. Sin embargo, también sabiendo y habiendo escuchado que en esta debilidad se muestra la fuerza de Dios, les invito, pues entonces, hermanos y hermanas, a que profesemos una vez más la fe en el Señor, pero también a que aceptemos ser enviados, aunque es una realidad difícil, y reconocer que nuestra debilidad, nuestra pobreza, nuestra fragilidad, es también en gran parte la muestra de la grandiosidad y la fuerza de Dios.

Y aquí, hermanos, creo que es una invitación a todos nosotros, también autoridades, también aquellos que cumplen un servicio al pueblo de Dios. Muchas veces, por intentar justificar una decisión o un acto, entramos en situaciones también de defender a ultranza aquello que hemos dicho, sin reconocer nuestro error, nuestro pecado, nuestra debilidad.

Hermanos míos, hermanas mías, no tengamos miedo de reconocer que somos débiles, frágiles, somos mortales. Somos aquellos que también nos equivocamos, que podemos enderezar nuestros pasos.

Reconocer que, por ejemplo, Bolivia tiene unos índices enormes, grandes, de violencia y de feminicidio. Reconocer que aquí es una debilidad enorme, no podemos justificar ni la violencia ni la muerte. Reconozcamos que somos débiles, frágiles, que hemos cometido pecado, que somos aquellos que pueden entrar en erro, pero también que pueden enmendar sus actos.

Que el Señor, por tanto, a todos nos ayude y aceptemos a Cristo nuestro Señor, como nuestro gran profeta. Amén.

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