JESUCRISTO “PADECIO BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO.

En este cuarto punto de formación sobre nuestra profesión de fe, descubrimos el significado de la muerte de Jesús, comprender el mensaje de Dios Salvador, a través de su muerte, valorar la entrega de Jesús y el sentido salvador de dicha entrega, así como la entrega de muchas personas en la construcción del Reino de Dios.

1. EL SIGNIFICADO DE LA MUERTE DE JESUS

Dios entregó a su propio Hijo

La voluntad del Padre sostuvo, animó e impulsó totalmente la vida de Jesús. Esto no quiere decir que quienes entregaron a Jesús lo hicieron sin iniciativa y responsabilidad propia, como si hubieran estado movidos por los hilos de un guiñol para ejecutar un drama trazado previamente por Dios.

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés. “Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2,23).

Dios ha permitido, en quienes llevaron a la muerte a Jesús, acciones inspiradas por su ceguera, el endurecimiento de su corazón, su miedo a una desestabilización por un eventual movimiento mesiánico, etc. Para realizar su designio de salvación

Hay en el Nuevo Testamento una expresión muy importante “entregar”. Acción en la que coinciden todos los protagonistas de la pasión del Señor:

  • Judas entrega a Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo
  • Estos lo entregan a Pilato
  • Pilato lo entregó a los soldados
  • Pero es Dios quien domina y dirige: Él entrega a su propio Hijo
  •  Y el Hijo, obediente al designio del Padre y por amor a los hombres, se entrega a sí mismo.

2. EN LA CRUZ, JESÚS CONSUMA SU SACRIFICIO.

La cruz es el único sacrificio de Cristo “Único mediador entre Dios y los hombres”. Todo lo que Jesús enseñó e hizo durante su vida mortal, en la cruz llega al culmen de la verdad y la santidad. Recordemos las palabras que Jesús pronunció y que constituyen su mensaje supremo y definitivo.

  • “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,24). Jesús no solo perdona, sino que pide el perdón del Padre para los que lo han entregado a la muerte, y por lo tanto también para todos nosotros.
  • “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43) Se diría que, en este texto de San Lucas, está documentada la primera canonización de la historia, realizada por Jesús a favor de un malhechor que se dirige a Él en aquel momento tan dramático. Esto muestra que los hombres pueden obtener gracias a la cruz de Cristo, el perdón de todas las culpas, y también de toda una vida malvada, que pueden obtenerlo también en el último instante, si se rinden a la gracia del Redentor que los convierte y los salva.
  • “Mujer ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre” Un acto de ternura y piedad filial. Jesús no quiere que su Madre se quede sola. Jesús quiere dar a María una descendencia mucho más numerosa, quiere instituir una maternidad que abarque a todos sus seguidores y discípulos de entonces y de todos los tiempos. Una maternidad espiritual.
  • Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado” (Mc 15, 34) Aquel silencio de Dios pesa sobre el que muere como la pena más gravosa. Pero Jesús sabía que, con esta fase de su inmolación, que llegó hasta las fibras más íntimas de su corazón, completaba la obra de la redención que era el fin de su sacrificio por la reparación de los pecados.
  • “Tengo sed” ( Jn 19,28) La sed de la cruz, en boca de Cristo moribundo, es la última expresión de deseo del bautismo que tenía que recibir, para abrirnos a todos nosotros la fuente del agua que sacia y salva verdaderamente.
  • “Todo está cumplido…Padre en tus manos pongo mi Espíritu” (Jn 19,30). Fueron sus últimas palabras. Manifiestan su conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado al mundo. (Cfr. Jn 17,4)

3. MUERTO POR NUESTROS PECADOS SEGÚN LAS ESCRITURAS.

Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn 1,29-36). Manifestó así que Jesús es a su vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes. Y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua.

La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente. Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente. (Mt 20,28)

Toda la vida de Cristo expresa su misión “servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45)

El Hijo se hizo hombre para salvarnos del pecado y de la muerte eterna. La Sagrada Escritura ensalza la generosidad de Dios y el derroche de su gracia: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia y el don de Dios. Mientras el salario que ofrece el pecado es la muerte, Dios nos ofrece como regalo la vida eterna por Jesucristo.

El sentido y valor de la muerte de Jesús.

Cristo, modelo del amor perfecto, que alcanza su culmen en la cruz. La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en el amor, que Él ha constituido además en mandamiento principal del Evangelio: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento” (Mt 22,37).

Como sabemos, a este mandamiento Jesús une un segundo semejante al primero; el del amor al prójimo y Él se propone como ejemplo de este amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34).

San Pablo subraya en otros textos que el culmen de este amor es el sacrificio de la cruz: “Cristo os ha amado y se ha ofrecido a vosotros, ofreciéndose a Dios como sacrificio”. “Haceos, pues, imitadores de Dios…, caminad en la caridad” (Ef 5,1-2)

El amor con que Jesús nos ha amado, es humilde y tiene carácter de servicio. “El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45). A la luz de este modelo de humilde disponibilidad que llega hasta el servicio definitivo de la cruz, Jesús puede dirigir a los discípulos la siguiente invitación: “Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

4. JESUCRISTO FUE SEPULTADO

La muerte de Cristo fue una verdadera muerte, en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. De Cristo se puede decir a la vez “fue arrancado de la tierra de los vivos (Is 53,8); y mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el infierno ni permitirás que tu santo experimente la corrupción” (Hch 2, 26-27). La resurrección de Jesús “al tercer día” era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día.

El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida. “Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”

5. “JESUCRISTO, DESCENDIO A LOS INFIERNOS”

Con esta afirmación del Símbolo bautismal, confesamos que Jesús no sólo murió, sino también estuvo muerto. Como en su existencia terrena fue Jesús solidario con los vivos, “en los infiernos” lo fue con los muertos, y que, por su muerte a favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo “señor de la muerte” (Hb 2,14).

Dejando a un lado las imágenes con las que se representaba el infierno “lugar de los muertos” “Scheol”.

Y la “existencia” miserable de las “almas” en él, la miseria propiamente dicha de estas almas, consiste en que están separadas de Dios y viven esa lejanía y abandono de Dios.

Así lo describen algunos Salmos (Cfr Sal 6,6; 88,11-13; 115,17) al descender al lugar de los muertos, Jesús ha cargado con todo el abandono, con toda la soledad y con todo lo absurdo de la muerte. Y al mismo tiempo, ha introducido la salvación de Dios allí donde cesa la comunicación y se cortan los caminos. Jesús descendió al abismo como Salvador, proclamando la buena noticia hasta a los muertos (1 Pe 4,6). La Tradición de la Iglesia, afirma en este pasaje del símbolo, que Jesucristo, con su descenso al lugar de los muertos, liberó a los espíritus de quienes carecían de la visión de Dios, pero que, desde el comienzo de la historia, tanto en Israel como en los otros pueblos, habían caminado en justicia y santidad y los introdujo en la gloria de su Padre (Cfr. Pe 3, 18-19).

Desde su resurrección Cristo tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo (Cfr Ap 1,18) y ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en los cielos, en la tierra y en los abismos (Cfr. Fil 2,10).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subscribe To Our Newsletter

[mc4wp_form id="69"]
A %d blogueros les gusta esto: