Jesús y María en las Bodas de Caná – P. Miguel Manzanera SJ

El Evangelio de San Juan en el capítulo 2 narra un episodio importante de la vida de Jesús y de María que no está incluido en los otros tres evangelios aprobados por la Iglesia Católica. Se trataba de una boda de parientes de María y de Jesús, celebrada en Caná de Galilea, tres días después de que Juan Bautista bautizase a Jesús en el río Jordán y recibiese a la Rúaj Santa como el Elegido de Dios (Juan 1,32-34).                             

Así como en otros muchos lugares, en Galilea la boda era un acontecimiento familiar importante que se festejaba durante varios días, normalmente siete, con mucha alegría. La gente comía, bebía, cantaba, bailaba y contaba acertijos. Sucedió que unos parientes de la Virgen María celebraron una boda, invitándola a ella y también a Jesús quien llevó con él a algunos discípulos suyos. Muchas personas acudieron también, por lo que en algún momento el vino empezó a escasear.

María, siempre atenta a ayudar en los problemas graves, se dio cuenta de que esta escasez de vino iba a provocar una situación muy difícil a los esposos, quienes serían criticados por su falta de previsión o incluso por su tacañería, con el peligro de poner en grave riesgo la misma boda. Por ello, para evitar ese ya previsible desastre de la fiesta, María le dijo a Jesús: “¡No tienen vino!”, insinuándole que hiciera un milagro. Sin embargo, Jesús le respondió secamente: “¡Mujer! ¿Qué entre tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora”.

Esta respuesta negativa no solo parecía descortés, sino que también sonaba altanera por llamar a su madre con el apelativo “Mujer”. Recordemos que muy probablemente José, el esposo de María, habría ya fallecido y por eso no estaba en la fiesta. El mismo Jesús, con una edad cerca de 30 años, de edad, había dejado la casa de Nazaret e iniciado su misión profética en Galilea. Por lo tanto, se había independizado de la obediencia a su madre y más bien esperaba que su Padre celestial le indicase el momento de iniciar su tarea mesiánica.

María juntamente con su esposo José había educado a Jesús en Nazaret en el seguimiento de Dios. Ella pensó que Jesús podría hacer el milagro de que no faltase el vino, evitando así el previsible fracaso de la boda con consecuencias muy negativas para toda la familia. Ella comprendió que su hijo esperaba una señal del cielo para empezar su misión, dándose a conocer como el Enviado de Dios, el Mesías, para predicar la necesidad urgente de la conversión. Por todo ello María se sintió llamada a ordenar a los sirvientes: “¡Hagan lo que Él les diga!”.

Pero Jesús no se molestó, sino al contrario. Se dio cuenta de la actitud bondadosa de María. Por eso mandó a los sirvientes llenar de agua las seis grandes tinajas de piedra, cada una con capacidad de unos cien litros, colocadas a la entrada de la casa para que los huéspedes sucios y polvorientos pudieran lavarse y asearse.

Los sirvientes, cumpliendo la indicación de María, llenaron de agua las tinajas y se las presentaron a Jesús, quien les ordenó: “¡Saquen ahora y llévenlo al maestresala!”. Y así lo hicieron.  Cuando el mayordomo probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde venía, aunque sí lo sabían los sirvientes, llamó al esposo y le dijo: “En una fiesta siempre se sirve primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido bastante, entonces se saca el inferior, pero tú en cambio has reservado el buen vino hasta ahora”.

De esa manera Jesús, obedeciendo a María, convirtió el agua en vino, evitando que los invitados se quejasen y protestasen y terminase la fiesta en un desastre. Por eso, ya en Caná donde Jesús era todavía poco conocido, muchas personas creyeron en Él.

Es también importante subrayar cómo Jesús en Caná llamó “Mujer” a María, apelativo poco usual para llamar a la madre. Estando ya a punto de morir, Jesús clavado en la cruz, repitió esa misma palabra a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, completada con la dirigida a Juan, el discípulo amado: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19,26-27).

De esa manera Jesús puede ser calificado como “Nuevo Adán”, quien, unido a la “Nueva Eva” formó la “Nueva Familia”, la única Iglesia de Cristo, que confesamos en el Símbolo del Credo como “una, santa, católica y apostólica”.  Esta Iglesia, establecida como sociedad en este mundo, subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él para llegar a la unidad católica (cfr. Vaticano II, Constitución “Lumen Gentium” 8).

De esa manera Jesús, al transformar el agua en vino en Caná de Galilea, mostró su poder milagroso y al mismo tiempo su identidad mesiánica, dando la primera gran señal que culminaría en la Última Cena. Jesús, ya cercano a su muerte, convirtió el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre, realizando así el gran milagro de la Eucaristía, que al final de su vida encargó a sus apóstoles: “Hagan esto en memoria mía” (Mateo 26,26).

Pocos días después el Maestro con su Madre, sus hermanos y sus discípulos fueron a Cafarnaúm, pero allí no se quedaron muchos días. Jesús marchó con sus discípulos a lugares más tranquilos para enseñarles las verdades que debían creer, practicar y predicar como anticipo del Reino de Dios en la tierra. En la cruz Jesús inició la nueva Familia divina y humana a la que cincuenta días después en la fiesta de Pentecostés, descendió el Espíritu Divino, la Rúaj Santa, para fortalecerla con su presencia viva y definitiva hasta el final de los siglos.

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