LA RESURRECCIÓN DE JESÚS, LA ASCENSIÓN Y VENDRÁ A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS

Quinto tema de nuestra formación es una invitación a conocer Lo que los evangelios nos cuentan sobre la Resurrección de Jesucristo, descubrir su puesto central en el cristianismo y valorar su importancia para nuestras vidas.

1. “AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS”

El primer y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección de Cristo se encuentra en la Primera carta de San Pablo a los Corintios (hacia la Pascua del año 57 d.C.) “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucito al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último lugar a mí como un abortivo” (1 Cor 15, 3-8 ).

Como se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección, debe notarse que San Pablo no habla sólo de la resurrección ocurrida el tercer día “según las Escrituras”, sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía entre ellos.

2. RELATOS DE LAS APARICIONES DEL RESUCITADO

El sepulcro de Jesús abierto y vacío.

La profesión de fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos que Jesucristo “Al tercer día resucito de entre los muertos”, se basa en los textos evangélicos que, a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera predicación de los Apóstoles. De estas fuentes resulta que la fe en la resurrección es, desde el comienzo, una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real y no en un mito o en una idea inventada por los Apóstoles o producida por la comunidad.

“¿Por qué buscar entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,5-6). El sepulcro vacío ha constituido para todos, un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección.

Los relatos de las apariciones

María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles. Jesús se aparece en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los doce. Pedro llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24,34).

3. SENTIDO SALVIFICO DE LA RESURRECCION

Todo el Nuevo Testamento afirma, explícitamente, la resurrección del Señor: en este punto no hay discrepancia ni vacilaciones. No hay fe cristiana sin la fe en la resurrección de Jesús que no sólo es comienzo, sino contenido fundamental y fundamento de nuestra fe.

Según San Pablo, Jesucristo se ha revelado como “Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos (Rom 1,4) y El transmite a los hombres esta santidad porque “fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25).

Respecto a esta doctrina podemos poner de relieve toda su verdad y belleza. Ante todo, podemos decir ciertamente que Cristo resucitado es principio y fuente de una vida nueva para todos los hombres. Y esto aparece también en la maravillosa plegaria de Jesús, la víspera de su pasión, que Juan nos refiere con estas palabras: “Padre…glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado” (Hn 17, 1-2).

Es decir: tendréis parte en mi vida, la cual se revelará después de la resurrección. Pero la mirada de Jesús se extiende a un radio de amplitud universal. Les dice: “No ruego por éstos (mis discípulos), sino también por aquellos, que, por medio de su palabra, creerán en mí…” (Jn 17,20).

La resurrección de Cristo –y, más aún, el Cristo resucitado- es finalmente principio y fuente de nuestra futura resurrección. El mismo Jesús hablo de ello al anunciar la institución de la Eucaristía como sacramento de la vida eterna, de la resurrección futura “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6,54).

En espera de esa trascendente plenitud final, Cristo resucitado vive en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación en el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación divina. Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas “Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí., la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20). Esta certeza debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida.

“Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos” (2 Tm 2,8): esta afirmación del Apóstol nos da la clave de la esperanza en la verdadera vida en el tiempo y en la eternidad.

4. “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”

Según los Hechos de los Apóstoles, Jesús fue llevado al cielo (Hch 1,2) en el Monte de los Olivos (Hch 1,12): efectivamente, desde allí los Apóstoles volvieron a Jerusalén después de la Ascensión. Pero antes que esto sucediese, Jesús les dio las últimas instrucciones: por ejemplo, “Les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la promesa del Padre” (Hch 1,4). Esta promesa del Padre consistía en la venida del Espíritu Santo “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos” (Hch 1,8). Y fue entonces cuando “Dicho esto, fue levantado en presencia de ellos y una nube le ocultó a sus ojos”.

El Monte de los Olivos, que ya había sido el lugar de la agonía de Jesús en Getsemaní, es, por tanto, el último punto de contacto entre el Resucitado y el pequeño grupo de discípulos en el momento de la Ascensión.

Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Sólo el que salió del Padre puede volver al Padre. “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3,13). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre”, a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo.

Cristo desde entonces está sentado a la derecha del Padre. Lo había predicho Jesús “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre y venir entre las nubes del cielo” (Mc 14,62). “El Hijo de Dios estará sentado a la diestra del poder de Dios” (Lc 22,69).

“Por derecha entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada”

Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto al Hijo del Hombre: “A Él se le dio imperio, honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7,14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del “Reino que no tendrá fin”

5. “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS Y SU REINO NO TENDRA FIN»

Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista. Jesús anunció en su predicación el juicio del último Día. Entonces se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt. 25,40).

Cristo es el Señor de la Vida Eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. Adquirió este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “Todo a juicio al Hijo” (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido a juzgar sino a salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya así mismo. Es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

Cristo reina ya mediante la Iglesia

“Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). Jesucristo es el Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas” (Ef 1, 20-22).

Como Señor, Cristo es también cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. “Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo” ( Ef 1,22).

Los Hechos nos dicen que Cristo “se ha adquirido” la Iglesia “con su sangre” (Hch 20,28; 1 Cor 6,20). También Jesús cuando al irse al Padre decía a los discípulos “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

La Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II en el No. 45 dice: “El Señor es el fin de la historia humana, el punto focal de los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, la alegría de todos los corazones, la plenitud de sus aspiraciones.” Podemos resumir diciendo que Cristo es el Señor de la Historia. En Él, la historia del hombre, y puede decirse de toda la creación, encuentra su cumplimiento trascendente. Es una concepción que encuentra su fundamento en la carta a los Efesios en donde se describe el eterno designio de Dios para realizarlo en la plenitud de los tiempos: “Haced que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” ( Ef 1,10).

Diócesis de Canarias

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