Mons. Aparicio invita a asumir con valentía la vocación profética, respondiendo con amor al llamado de Dios

Cuarto Domingo del tiempo ordinario, el Arzobispo de Cochabamba destacó las características del profeta, anunciador de Buena Noticia, de libertad y de salvación, anunciador de palabras y mensajes que pueden no gustar o que lleguen a incomodar, sin embargo es el anuncio de la verdad que viene de Dios. En ese sentido invitó a seguir la vocación profética recibida por el mismo Señor.

Remarcó además que la acción profética es una respuesta al amor de Dios, es por ello que invitó a actuar en el amor, pues “amor con amor se paga”, expresó Monseñor Aparicio.

Texto de la homilía

Mi boca, Señor, anunciará tu salvación. Es lo que nosotros hemos podido también repetir y cantar en el salmo o con el salmo, como respuesta a la primera lectura, y vean que es una de las características del profeta. Entre otras características, está justamente lo que ya el profeta Jeremías o en el libro del profeta Jeremías se anuncia.

Si hemos prestado atención, lo primero que aparece en esta palabra y en este anuncio es que el profeta es elegido, elegido por Dios. No es, por tanto, un mérito propio, no es un adquirir bajo unos estudios o algunas premisas, no es un título, es una elección de parte de Dios. Es Dios quien llama, es Dios quien elige. “antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía” porque conocí al profeta, lo elige y lo llama. Lo llama para ejercer un oficio. El oficio de Jeremías es muy difícil. No siempre debe anunciar lo mejor que puede venir al pueblo, el profeta ciertamente es un anunciador de la Palabra de Dios, de la salvación, es el portador de buenas noticias, pero no siempre. También es el portador de una advertencia o de algo que puede venir, de algo que no siempre los interlocutores quieren escuchar.

En este caso es difícil la tarea de Jeremías, porque debe anunciar que vendrá sufrimiento, dolor y exilio para el pueblo a causa del pecado, también de este pueblo. Es algo que no se quiere escuchar. Por eso después le dice Dios ten la fuerza, no te dejes amedrentar, no te desanimes. Porque si yo te he elegido, si yo te conocía desde el vientre de tu madre, si yo te envío, porque ahí está otra característica, el profeta es enviado, habla en nombre de Dios. Por tanto, se habla en nombre de Dios. Dios mismo le dice No te desanimes, yo a su debido momento te liberaré y te salvaré.

Por eso el Salmo decía: “Mi boca anunciará tu salvación”, porque es tal el motivo de la misión que ha puesto Dios, incluso frente a la adversidad. Es algo que mueve las entrañas del profeta y que no puede callar, que no puede callar.

Es propiamente lo que le acontece a Jesús. Lo que se nos relata en el Evangelio es el trozo del Evangelio de Lucas que continúa a lo que hemos escuchado la anterior semana. Se admiraban por sus palabras. Él había retornado a su casa. Entró en la sinagoga donde ha aprendido a rezar y compartía y escuchaba la Palabra de Dios. En esta ocasión le dan a Él el compartir la Palabra. Él es el que debe, por decirlo así, predicar. Es el que debe anunciar, es el que debe hablar en nombre de Dios, es el que desmenuza la Palabra que está anunciada. No olvidemos lo que ha podido anunciar.

Era la lectura del profeta Isaías: Porque el Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia y decía al final, esta palabra se cumple hoy, es decir, en Él, porque está presente. Él es la palabra. Y muchos se admiraban.

Sin embargo, hoy hemos vuelto a escuchar algo fundamental, este Jesús de Nazaret no siempre es reconocido, porque aparte de la gran admiración que tenía de lo que sale de la boca de Jesús, también se admiran y sobresaltan, porque éste es el hijo de José. Lo conocemos, es hijo del carpintero, y Jesús, por eso les echa en cara a aquellos presentes de la sinagoga. Me dirá seguramente Médico, cúrate a ti mismo, y realiza lo que has realizado en otros lados. Haz prodigios también aquí. Les aseguro, dice Jesús, ningún profeta es reconocido en su propia casa. Y les anuncia, les da dos ejemplos muy simples, muy sencillos de su historia. Había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, sin embargo, a una de ellas, Elías le hizo el favor. La viuda de Sarepta, en el país de sitio de Sidón, una pagana. Y ella creyó y recibió los beneficios del profeta. Luego dice el otro ejemplo también hubo muchos leprosos en Israel en tiempo del profeta Eliseo. Pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el sirio. Otro extranjero, otro pagano.

Los que están escuchando a Jesús saben muy bien de qué se trata. Les está echando en cara su incredulidad, les está echando en cara que estos que se han admirado por sus palabras, no reconocen que Él es el Mesías, que Él es profeta. No lo reconocen como tal, por eso se enfurece.

Este profeta ha anunciado algo que no siempre todos quieren escuchar. Se ha puesto el dedo en la llaga y les dice que son incrédulos; y que otros poseerán la salvación y que a otros se les anunciara la participación en el Reino de Dios, a los pobres, tal vez a los paganos, tal vez a los encarcelados, tal vez a los enfermos, tal vez a los que sufren, tal vez a los abatidos, tal vez a los pecadores se les participará el reino de Dios, y lo quieren matar. Es en pocas frases, vean lo que dice, no es cierto: Al oír estas palabras, los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad con intención de despeñar. Es decir, si este es blasfemo, si este o es apedreado o si no hay que echarlo a un precipicio.

El lugar que está en Nazaret, es un lugar ciertamente, así como en una geografía caprichosa. Y la sinagoga tiene un lugar donde a pocos pasos se encuentra un lugar escarpado. Es casi como que, por decir nuestra colina de San Sebastián, desde el lugar de atrás podemos ver un lugar escarpado. Si alguien echa o alguien cae, su suerte será funesta. Por tanto, quieren despeñarlo, quieren matarlo. Sin embargo, Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Hermanos míos, hermanas mías, ¿Qué significa toda esta palabra para nosotros? Llamados también a ejercer nuestro ser profeta, anunciadores de buena noticia, anunciadores de libertad y de salvación, que nadie te amedrente. No puedes callar esto. Sin embargo, también cuando debes anunciar palabras que pueden no gustar y mensaje que puede no gustar tampoco te amedrentes. Somos anunciadores de una verdad.

Y la última característica del profeta está justamente en la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios. Sobre todo, lo hace por amor. El fruto del Espíritu es el amor. Vean que nuevamente se repite aquello que ya se nos ha ido constantemente anunciando. Si respondemos al llamado de Dios hay que hacerlo con amor, amor, con amor se paga. Si anunciamos la Palabra y ejercemos nuestro ser profetas, es un ejercer por amor aquella misión que el Señor nos ha regalado también a nosotros.

Que el Señor nos conceda entonces estas características de ser también nosotros profetas. Y aunque no necesariamente podremos ser reconocidos en nuestra propia patria. Amén.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: