mar. May 21st, 2019

Mons. Oscar al Clero: «Seamos signo de comunión y reconciliación»

Fue el llamado de Mons. Oscar Aparicio, Arzobispo, al Clero de Cochabamba, durante su homilía en la Celebración de la Solemne Misa Crismal, donde se realizó la renovación de la Promesas Sacerdotales y la Bendición y Consagración de los Santos Oleos.

Este martes durante la Misa Crismal, Mons. Oscar destacó que Dios ha elegido a sus servidores para ser ministros del pueblo de Dios, con ello les pidió que deben ser signo de comunión, con el pueblo, pero especialmente en la fraternidad sacerdotal. También pidió llevar la reconciliación, con una reconciliación personal, y llevar esto a todos los hermanos, así como el Señor instituyó

Además, invitó a los fieles a acompañar a sus sacerdotes, con la oración, pero también siendo colaboradores y acompañantes de sus pastores.

Texto y video de la homilía

De alguna manera el Papa Francisco, hace un par de años, nos hablaba a los consagrados. Cuando hablo de los consagrados me refiero a todos nosotros. No solo, consagrados, son las religiosas o  los religiosos; consagradas somos todos aquellos, inclusive el clero diocesano, que hemos recibido una unción una consagración.

El Papa nos decía, a nosotros, no añore en el pasado, vivan más bien el presente, proyectados hacia el futuro. No vamos a llorar de nuestro pasado, lo que pudo ser, lo que pudimos haber hecho. Se trata de vivir el hoy, se trata de vivir el presente, en el que también ejercemos un ministerio y hemos sido consagrados para ser auténticos testigos y anunciadores.

También proyectados, como catapultados, diríamos así, hacia el futuro; que también se convierte en hoy. O lo que recientemente el mismo Papa ha dicho a los jóvenes; somos testigos de este encuentro hermoso, encuentro. Yo espero que todavía quede en nuestro corazón, plasmado de una manera muy grata. Les decía a los jóvenes: Ustedes son el presente. Y les invitaba como el presente también de la iglesia, no el futuro sino como el presente como el hoy, anunciar la alegría del Evangelio. Y son miles de estos jóvenes que han recorrido el mundo, anunciando también esta buena noticia, siendo testigos, hoy, en este mundo en este presente; haciendo presente a Jesucristo nuestro Señor, en esta hermosa y gran alegría del Evangelio

O es también lo que intentaba, de alguna manera, decirles a ustedes; cuando aquí en esta misma catedral hemos sido congregados. Sobre todo estaban presentes religiosos, religiosas, en ocasión de la jornada de la vida consagrada el 2 de febrero. Les recordaba la que Santa Teresa de Calcuta había respondido. Mucha gente le pasó un cuestionario a ella; había muchísimas preguntas y ella de manera simple iba respondiendo. Una de aquellas preguntas le dicen: cuál considera el día más bello para usted, y ella responde muy simplemente diciendo, hoy. Cada día es el día más bello. Hoy es el día bello. Hoy es el día de la consagración. Hoy es el día de nuestra renovación. Por eso esta palabra se cumple también hoy, al mismo estilo de Jesucristo Nuestro Señor.

El evangelio también dice: Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró, como de costumbre, en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y abriéndolo encontró el pasaje donde estaba escrito “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción; Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, anunciar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.

Es muy significativo este pasaje, cuando en este momento Jesús se levante y proclama la escritura. En el otro momento que Jesús se sentaba y con autoridad, ésta palabra se cumple hoy.

Al proclamar esta buena noticia lo que dice el profeta Isaías, está hablando propiamente de su misión el para qué ha sido ungido, el para qué ha sido consagrado, por qué se levanta y anuncia esta palabra, que también es nuestra misión, también es nuestra consagración.

Queridos hermanos, hermanos sacerdotes, diáconos, también queridos obispos, algo fundamental de nuestra misión, aquí en Cochabamba, en este hoy, es que seamos signo de comunión. Algo fundamental para nosotros es que hagamos brillar, frente a todo este pueblo de Dios presente en esta porción de tierra, esta capacidad de ayudarnos, de unirnos, de ser comunión porque somos consagrados. Algo común a todos nosotros es nuestra consagración, algo común de todos nosotros deberá ser el anuncio de la buena noticia, pero, sobre todo, apoyados en esta fraternidad sacerdotal.

Cuánto empeño hemos hecho sobre esta fraternidad, cuántas veces nos hemos reunido y cuántas charlas hemos tenido en el pasado. Pero cuán importante y fundamental crear estos lazos de comunión de fraternidad sacerdotal.

Y queridos hermanos, esto no es una tarea sólo de los obispos, no es la tarea de la comisión que hayamos formado: la pastoral presbiteral; no es la tarea sólo de la directiva, es tarea absolutamente de cada uno de uno de nosotros es tarea tuya, tuya, tuya, tuya y mía. Es una tarea que el señor nos encomienda porque está propiamente en nuestro ministerio y en nuestra propia misión, más allá de un plan pastoral, que nosotros hayamos querido plasmarlo en libros, se trata de una comunión sacerdotal, fraternidad que debe brillar y ser signo de comunión en medio de esta iglesia, en medio de esta sociedad cochabambina.

Si tenemos y buscamos esta fraternidad, si es algo propio de nuestra misión, hay algo fundamental que nos toca también a todos nosotros: ser ministros de reconciliación. Y aquí parece que nuestra misión fundamental está en esto. Celebrando la Eucaristía, celebramos la reconciliación; celebrando los sacramentos, celebramos y anunciamos también, este don maravilloso, que Dios nos ha podido dar a través de nuestras personas, el dar la reconciliación. Como dice el apóstol pablo somos ministros de la reconciliación y les exhortamos a que se reconcilien con Dios. Pero en primer lugar somos nosotros que debemos buscar esta reconciliación; cuántas heridas, cuántas divisiones, cuánto aquello que a veces es anti testimonio, fundamentalmente hoy más que nunca, para hacer signo de amor y de comunión, para ejercer bien esta misión de anuncio del Evangelio a los pobres, a los cautivos, a los necesitados, es que tengamos la reconciliación también personal, como la reconciliación sacerdotal, expresada en la fraternidad.

La reconciliación con nosotros mismos, con esta sociedad reconciliados con Dios y es fundamental, por tanto, que caminemos en estos dos pies: la comunión y la reconciliación.

Les invito pues queridos hermanos a que, si hoy vamos a renovar nuestras promesas sacerdotales, nuestros votos sacerdotales y al fin y al cabo hacemos demasiadas diferencias, no es cierto; decimos: unos son con votos y otros más bien con compromisos, al fin y al cabo, es lo mismo; unos religiosos y otros diocesanos, al fin y al cabo, somos consagrados, es lo mismo.

Todos estamos llamados a aportar y a ir en esta reconciliación, en esta comunión. Cuando nos oponemos al plan pastoral o a la pastoral de conjunto nos estamos oponiendo a la reconciliación y nos estamos oponiendo a la comunión.

Cuando pensamos o hacemos las cosas de manera individual estamos siendo frenos del anuncio de esta buena noticia a los demás.

Les invito pues queridos hermanos que, al renovar nuestra consagración, al renovar nuestra unción que está plasmada y fundamentada en Cristo Jesús, porque él mismo dice: Jesús de Nazaret entró en la sinagoga y dijo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para la misión. Podemos decir el Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido, porque me ha consagrado por la unción y Él me ha enviado a anunciar esta buena noticia, que debe estar plasmada en aquellas acciones y en aquel anuncio del Evangelio, pero también en este lugar, en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades; siendo o intentando y buscando también, ser este signo hermoso de comunión y de reconciliación.

Que el Señor pues, nos ayuden que renovemos grandemente aquello que el Señor nos ha regalado; no por méritos propios sino por pura misericordia y por la gracia de Él.

Por último, queridos hermanos y hermanas, a todos ustedes que nos acompañan en esta celebración, al querido pueblo de Dios, les pido que recen por sus sacerdotes, recen por nosotros. Ustedes son testigos que el Papa Francisco no se canse en decir aquello. Lo cierto parece una retórica constante. Con quien se encuentra dice: reza por mí, a quien lo bendice dice recen por mí, cuando tiene un mal día al final dice recen por mí, se encuentra con los jóvenes dice recen por mí, con los religiosos; y parece así tan continuo, pero cuán importante

La mejor manera de acompañar a los sacerdotes es hacer la vida oración. Recen por sus sacerdotes acompañen a sus sacerdotes.

Recen también por el Santo Padre, el Papa Francisco, que está en comunión con nosotros. Aprovecho para también decir que recemos por el nuevo auxiliar obispo auxiliar de El Alto, Padre Pascual Limachi, que hoy ha sido nombrado por el Papa Francisco como obispo para esta Iglesia hermana.

Hoy es urgente rezar y acompañar la situación del clero, de hoy, de los sacerdotes de los consagrados hoy, está siendo también atacada más que nunca. Importante y fundamental el testimonio nuestro. Importante y fundamental el apoyo y la compañía de ustedes, pueblo fiel.

Que nuestra manita, la Virgen de Urcupiña, la madre de Jesús, la esposa de José, que sembró en el mundo la Palabra hecha Carne, nos acompañe en esta tarea de dar a conocer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo esta alegría del Evangelio a Jesucristo, Nuestro Señor, el ungido y el consagrado. Y que el Dios de la vida y la esperanza llene de alegría y de paz nuestra fe y nuestros corazones.

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