Mons. Oscar: “Es imprescindible hacer experiencia del Resucitado, testigos que llevan paz, misericordia y perdón”

Domingo II de Pascua, de la Divina Misericordia, Mons. Oscar, Arzobispo de Cochabamba, remarcó que es imprescindible hacer experiencia de Jesús Resucitado. Como testigos de su resurrección, contagiando la presencia serena del Señor que trae paz, amor, misericordia, perdón. Pues es el mismo Salvador que ante el desamor, la inseguridad, la crisis, la fragilidad, la soledad, odios, pecados, deseos de venganza sigue diciendo: “La paz esté con ustedes”.

En este testimonio de ser testigos del Resucitado, Mons. Aparicio destacó la vida y vocación de los sacerdotes, P. Mateo Garau y P. Miguel Mazanera, que el viernes partieron a la Casa del Padre, quienes fueron “…verdaderos testigos de la vida de la resurrección. Que el Señor les tenga en su gloria”.

Homilía de Mons. Oscar Aparicio

A veces también nosotros, para reafirmar algo concreto que la Palabra, hoy, en este segundo domingo de Pascua está anunciando y aquello que ya durante tantos años la Iglesia celebra, la devoción al Señor de la Divina Misericordia. Hoy llamada así también es el día o el domingo de la Divina Misericordia. Por tanto, es lo que estamos también nosotros reafirmando ya en esta, en este salmo y la Palabra de Dios nos lo reafirma y nos lo dice también para invitarnos a nosotros a llenarnos de esta misericordia de Dios, a ser experiencia de la misericordia de Dios.

El mayor amor, la expresión más grande que Dios da a este mundo, es el amor de Jesús que nos salva, que nos redime y que está justamente en la cruz del Señor, a tal punto de entregar la vida por nosotros. La mayor expresión del amor, de la misericordia, del perdón, de la salvación, está justamente clavada en la cruz; pero después que se refleja en Jesús resucitado. Por eso creo que es una bella manera también de nosotros como comunidad. Referirnos justamente a este amor y a poder extenderlo a los demás. Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso, dice también la Palabra. Es la invitación, por tanto, a entrar en este espíritu, en esta sintonía de un amor que se expresa en Jesucristo. Un amor de Dios que se extiende y deberá extenderse en medio de este mundo.

Un mundo afligido por las divisiones, las discordias. La guerra, la muerte, un mundo en el cual se expresa justamente el desamor. Llamados, por tanto, nosotros a no sólo reconocer la misericordia de Dios, el amor de Dios, sino también a serlo, una iglesia, una comunidad que refleja el amor y la misericordia de Dios.

Por otro lado, hermanos, si hemos escuchado atentamente esta palabra, hay una segunda novedad y una gran propuesta de manifestación del Resucitado. Hemos escuchado el Evangelio, reiterativamente, Jesús, al primer día de la semana y después de ocho días así hace la mención, dice algo concreto, como un saludo fundamental a sus discípulos, que nos lo dice también a nosotros: La paz esté con ustedes. Se trata de una presencia serena de Jesús, del Espíritu, que puede también, de alguna manera aplacar aquellos miedos y entrar en la confianza de sabernos amados por Él, pero acompañados por Él. Es la presencia, digo serena, de este Jesús, del Resucitado en medio de nosotros. Puede ser que estamos al mismo estilo que los discípulos. Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Vean que la situación puede ser muy parecida. ¿De qué miedos tienes? ¿De qué miedo sufres? ¿Qué es lo que te angustia? ¿Qué es lo que no te hace vivir en paz? El desamor, la inseguridad, la crisis, la fragilidad, la soledad, tus odios, tus pecados, tu deseo de venganza. “La paz esté con ustedes”. Es esta presencia serena del Resucitado que camina junto a nosotros, que nos saca de los temores, que nos saca del encerramiento de nuestro egoísmo. Y miren que, hermanos, el egoísmo es uno de los peores males en este mundo. Es uno de los peores pecados en este mundo. La paz esté con ustedes: Es la presencia amorosa de Dios que acompaña, que nos perdona, que da certidumbre, certidumbre en esta vida y en la eterna. Porque de aquí viene el anuncio tercero, que también nos está anunciando el Evangelio hoy nuevamente el Crucificado ha resucitado. Él es la garantía de una vida eterna. Nuestro camino final no es este mundo. Nuestro camino final no es un sepulcro. Nuestro camino final no son nuestros temores. Nuestro camino final está plasmado en la gloria de Dios. Hacia esto estamos caminando. Caminamos, por tanto, a paso seguro en este mundo. Esta paz y esta presencia de Dios nos da certidumbre en nuestro caminar.

Y, por último, creo que la gran novedad que trae hoy el Evangelio es esto lo que hemos estado anunciando durante todo este tiempo. Me he esforzado, he intentado decir algo como algo central del anuncio de esta Pascua 20 22 para anunciar el hecho de ser testigos. Vemos que los que han experimentado a Jesús muerto, resucitado, nos lo han ido anunciando. ¿Qué has visto tú María, en el camino? He visto a Cristo resucitado. He visto la Sábana. He visto el sepulcro vacío. Es Pedro., es Juan que se maravillan de la resurrección del Señor, son testigos que empiezan a anunciar. Por eso, el relato de los Hechos de los Apóstoles, hoy, es evidente y es elocuente.

Esta comunidad que ha experimentado la resurrección del Señor, se convierte en testigos anunciadores en este mundo de la vida, de la resurrección del Señor, del amor de Dios. Y este ser testigos se nos invita también a nosotros. Casi que sería la clave para vivir también en esta Pascua 2022.

Vean que hay un detalle bellísimo en el Evangelio. Tomás, que no estaba con los 11 el primer momento dice: Si yo no lo veo, no creeré. Aunque ha habido ya María, ha habido otros que han testimoniado, aquellos otros dos discípulos que caminaban. Y estos otros le dicen a Tomás: Hemos visto al Señor. Tomás no termina de creer. Hemos visto al Señor, somos testigos de que aquel que estaba crucificado vive. O lo que decían también aquellos hombres, ¿porque buscan entre los muertos al que vive? No lo busquen ahí, Él ha resucitado. Este testimonio y este haber visto al Señor, Tomás no lo cree. No cree en el testimonio de los demás.

Y aquí, hermanos, algo fundamental. Es necesario e imprescindible hacer experiencia del Resucitado. Y creo que esto es una hermosa invitación también para nosotros. Hemos escuchado, nos han dicho. Pero si nosotros experimentamos de verdad la misericordia, el amor de Dios, Cristo resucitado en medio de nosotros, nos convertimos en mayores testigos de esta vida y de esta resurrección. Tomás, el incrédulo, Tomás que somos nosotros, estamos llamados nuevamente a ser experiencia de Cristo resucitado en medio de nosotros. El Señor nos envía a anunciar esta resurrección, hacer realidad la resurrección y la vida en medio de nuestras propias realidades.

Les invito, pues, entonces, hermanos, que acojamos, acojamos esta Palabra, estos grandes y hermosos desafíos. Que en comunidad podamos seguir caminando. Y con este testimonio también de estos hermanos vuestros. Estos dos sacerdotes que hemos conocido muy, muy de cerca. Padre Mateo Garau, tal vez si lo hemos conocido un poco menos, ha estado estos últimos años aquí en Cochabamba, en la casa de los jesuitas. Pero a Padre Miguel Manzanera, quien no lo ha conocido, verdaderos testigos de la vida de la resurrección. Que el Señor les tenga en su gloria.

Y a todos nosotros, si nos envía a ser testigos del Señor, que de verdad seamos también aquellos que hacen experiencia del Resucitado del amor de Dios y lo anunciemos al mundo entero. Amén.

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