Mié. Ago 10th, 2022

Mons. Oscar recuerda la misión de ser transformadores del mundo, pues “somos parte de la historia de la salvación”

Domingo II de Cuaresma, Mons. Oscar Aparicio, en su homilía, recordó la importante misión del ser humano como participe de la historia de la salvación para transformar el mundo, haciendo presente el reino de Dios. Destaca que aún con pequeñas acciones se obra por una trasfiguración en la que resplandezca la gloria y salvación que viene de Dios en la realidad que vivimos.

Expresó que en cada persona “La historia de salvación tiene sentido en Jesús, en su transfiguración y en su gloria, significa que también nosotros podemos estar presentes. Si las tentaciones de Jesús son vencidas por Jesús, por nosotros, para nosotros y nos muestra el camino, significa que a nosotros hoy Jesús nos muestra el cómo subir a la montaña, cómo orar, cómo estar inmiscuidos en la historia de salvación y cómo también ser transformados, transfigurados. Esta misión de Jesús es nuestra misión”.

Homilía de Mons. Oscar Aparicio

El pasado domingo, que iniciábamos también nuestro itinerario, en la Cuaresma, camino de gracia, tiempo de preparación hacia la Pascua, tiempo de conversión, tiempo de estar atentos a lo que el Señor nos está preparando, lo que Él mismo nos hace, tiempo de reconocer nuestros pecados, conocernos a nosotros mismos. Tiempo de abstinencia y oración, de ayuno para, siempre con este objeto de reconocernos a nosotros lo que somos en nuestra realidad. Pero, por otro lado, apoyarnos en el Señor y contemplar a Jesús.

Tiempo de oración, y el Papa Francisco nos ha invitado que iniciando la Cuaresma, nos pongamos en esta actitud firme, de oración y de ayuno por la paz en el mundo, de manera particular en Ucrania.

Estamos con estas actitudes, queremos seguir caminando. Queremos preparar bien la Cuaresma no sólo de cara a la Pascua del Señor, sino para entrar justamente en este camino que el Señor nos está ofreciendo. Y vean que el domingo anterior ya se nos expresaba la situación del ser humano que está sometido a la tentación, lo mismo que Jesús. Con la particularidad de que Jesús es aquel que vence la tentación y la vence con la Palabra de Dios. Hemos explicado, hemos escuchado y hemos, de alguna manera tratado de actualizar esta palabra para nosotros, en este tiempo, también de la Cuaresma y en nuestra propia realidad.

Hoy presenta a Jesús como aquel que se transfigura, con una actitud muy concreta, vemos que en el Evangelio ya se dice algo muy concreto, Él, es decir, Jesús, sube a la montaña eligiendo a tres de sus discípulos y dice expresamente: Pedro, Juan y Santiago. Que representan propiamente de alguna manera la creación, la humanidad, nos presentan también a nosotros y sube a la montaña. Normalmente la montaña, el lugar elevado, es el lugar donde se tiene mayor intimidad con Dios y sube a la montaña para orar. Una de las actitudes también en la Cuaresma. El anterior domingo era Jesús que ha sido llevado al desierto. En esta ocasión es Jesús que camina hacia la montaña para orar. El anterior domingo era para ser tentado, esta ocasión es para orar. Y lleva a sus discípulos. Él está con nosotros y nos enseña. Él camina con nosotros, Él se pone en actitud de oración.

Mientras oraba, dice el Evangelio, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante, se transforma, se transfigura. Aquel Jesús de Nazaret, aquel que camina en este mundo. Aquel que está de camino al Calvario, aquel que tendrá que asumir su misión en la cruz, dando la vida por sus amigos, se transforma. Dos hombres conversaban con Él, Moisés y Elías. Es la demostración simplemente que la Ley y los profetas, en toda su magnitud, está presente. Aquello que es la revelación de Dios, aquello que es Dios mismo presente en medio de este mundo, están revestidos de gloria y hablan de la partida de Jesús. Inmiscuyen a Jesús en la obra de salvación.

Queridos hermanos, queridas hermanas, hoy vemos a Jesús transfigurarse. Aquel que ha vencido las tentaciones, ora y se transfigura. Por otro lado, dice el Evangelio otra vez, Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecían despiertos. Parecía una cosa extraña, no es cierto, ¿para qué mencionar esto? ¿Para qué decir esto? Tenía sueño, pero estaban despiertos. Viene a propósito esta mención porque si representa Pedro, Santiago y Juan representan a nosotros, significa que muchas veces estamos en situación no conveniente, o estamos apesadumbrados, o estamos con la soledad, o en crisis, en frustración; tenemos el peso de nuestras fragilidades, pero permanecían despiertos y al permanecer despiertos vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él.

Hermanos míos, esto es una invitación a nosotros. Si la historia de salvación tiene sentido en Jesús, en su transfiguración y en su gloria, significa que también nosotros podemos estar presentes. Si las tentaciones de Jesús son vencidas por Jesús, por nosotros, para nosotros y nos muestra el camino, significa que a nosotros hoy Jesús nos muestra el cómo subir a la montaña, cómo orar, cómo estar inmiscuidos en la historia de salvación y cómo también ser transformados, transfigurados. Esta misión de Jesús es nuestra misión.

Pedro, que todavía no ha entendido mucho, dice: Maestro, qué bien estamos aquí, hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Casi que él no se toma en cuenta. Parecía generoso Pedro no, sin embargo, no entiende nada, dice antes no entendía nada.

Hermanos míos, que el Señor nos invita, nos inmiscuye en esta historia de salvación. Nos invita también ser transformadores en este mundo. Por eso el llamado a la conversión es fundamental. Nuestra misión es hacer presente a Jesús en medio de este mundo y su gloria. Por tanto, si oramos por la paz, tiene mucho sentido. Si hacemos una obra de bien, tiene mucho sentido. Si nos convertimos, tiene mucho sentido. Así nuestra obra sea muy pequeñita, uno puede decir, pero qué estoy haciendo yo. Apenas puedo solidarizarme como un enfermo. Apenas puedo cambiar mi corazón poco tiempo, apenas tengo el tiempo para orar. La obra que hagas tú, la transformación que realices tú, tiene signos de eternidad. Lo que puedas transformar para bien en este mundo tiene plan de salvación eterna. Por eso, la alianza que Dios hace con Abraham, al inicio de esta liturgia de la Palabra, es algo excepcional. Es Dios quien procura esta alianza. Es el que se compromete, es el quien la cumple. Pero nosotros estamos llamados a ser partícipes de esta gran alianza, o lo que va a decir también Pablo: nuestros cuerpos serán transformados. No estamos llamados a que a desaparecer en este mundo.

Les invito, pues, entonces que entremos en esta palabra y que aquello que se dice de Jesús: Este es mi Hijo, el elegido, escúchenlo. Sepan que también se dice de nosotros. Este es mi hijo, el elegido. Que sea el Señor que nos concede entonces este camino cuaresmal, todavía entrar en esta transfiguración. Queremos ser hombres renovados, nuevos, que nuestra realidad pueda ser transformada también por nuestros actos, por nuestra fe y por nuestra renovación en el Señor. Amén.

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