Mons. Oscar recuerda que la humanidad redimida por Cristo crucificado está llamada a anunciar el amor, la paz y la salvación.

Celebración de la Pasión del Señor, Mons. Oscar Aparicio, este viernes santo expresó que en este día de entrega de Jesucristo en la cruz es un día de victoria, del amor sobre el odio, y que por ello la humanidad redimida debe anunciar ese amor, la paz y la salvación.

El Arzobispo también destacó que el Señor ha tomado el lugar de todo ser humano: “Jesús ha tomado el puesto del pecador. Jesús ha tomado el puesto de ti y de mí. Porque sí que nosotros nos merecíamos ser condenados”. Con ello llamó a dar gracias y reconocer que se nos ha dado la vida. Por eso, es un día también de esperanza, de contemplar la vida misma.

Homilía de Mons. Oscar Aparicio – Viernes Santo

Hemos escuchado esta palabra abundante, que nos coloca en la situación de hoy, Jesús entregado a las autoridades, condenado a muerte, crucificado. Y hemos escuchado cómo el evangelista nos relata de una manera tan peculiar aquello que ha acontecido.

La primera lectura del profeta Isaías que anuncia esta realidad presente en revelación de Dios, aquel que se llama el Siervo de Yahvé, que da la vida por los demás, aquel que es de tal punto flagelado. Aquel que es considerado como algo inservible. Aquel que ante quien se vuelve el rostro porque no lo queremos ni mirar. Se refería ya en aquel momento a Jesús y la muerte que iba a tener Él. Por eso el salmo que hemos contestado nosotros ha sido: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Es una palabra que en todo ser humano debe cumplirse. Jesús la pronuncia en la cruz. Por eso la segunda lectura, en la que nosotros hemos reconocido a Jesús como el único y gran Sumo Sacerdote, lo consideramos justamente a Jesús que hace esta oblación. Es el sacrificio perfecto.

A precio de sangre nos ha rescatado. Él es el sacerdote, la víctima y el altar. El altar, podríamos decir que es la cruz la víctima. El Cordero es Él. Y el sacerdote también es Él que se presenta el Sumo Sacerdote. Vean que excelente el resumen por tanto de estas tres primeras lecturas.

Pero luego aparece el Evangelio. Repasemos muy brevemente, muy brevemente. Aparece en primer lugar aquel que lo iba a entregar. Nosotros hemos escuchado el anuncio de que alguien lo iba a entregar, de sus discípulos. Ya mismo Jesús decía: Es muy doloroso, muy fuerte, que justamente uno de los más allegados, de los más cercanos lo iba a entregar y es Judas, que lo entrega; uno de sus discípulos.

Por otro lado, se anuncia la traición de Pedro, aquel también al que le ha confiado absolutamente todo, aquel que ha amado profundamente, el que traiciona y aquel que lo niega. Es el signo de la realidad del ser humano.

Por otro lado, y avanzando en el texto, hemos escuchado que Jesús es entregado a las autoridades. Y de manera muy clara aparece este diálogo entre Jesús y Pilato. Evidentemente los que azuzan todo aquello son los sumos sacerdotes, los escribas, las autoridades, también judías, que manipulan, a tal punto, que hacen posible que Pilatos pueda soltar al malhechor. El inocente toma el puesto de Barrabás. Pilato parece ser aquel que intenta de alguna manera liberar a Jesús de la muerte y la muerte en cruz, una muerte que sólo esperaba a los malhechores. No podía ser crucificado un ciudadano romano o considerado así, alguien que tenía cierta dignidad. La cruz es solamente para los grandes malhechores, aquellos que han transgredido absolutamente todo. Otro evangelio decía que Barrabás había sido condenado por sedición y por homicidio. Era un malhechor, casi que el culmen de todo había llegado con él. Sin embargo, es liberado y Jesús toma el lugar.

Es muy interesante el evangelio que hemos escuchado o el relato en que Pilato y Jesús dialogan. Sólo quisiera decirles algo importante, después de flagelarlo. Después de estar prácticamente, en una situación concreta de intentar liberar a Jesús; al final, Pilato accede al griterío Suelta a Barrabás y crucifica a Jesús. “Voy a soltar acaso a este hombre, si no tiene culpa”. A él no, a Barrabás. Y qué hago con este hombre: ¡Crucifícalo! Hoy, hermanos, estas voces se siguen escuchando en el mundo entero. La mayor de las crueldades y violencias que puede existir. Los mayores corazones torcidos, diríamos así, la violencia campante, la guerra presente, la guerra fratricida entre hermanos, es algo que está todavía presente hoy. Por eso aparece hoy una fuerte voz que Pilato mismo dice. “He ahí al hombre”. Es este siervo de Yahvé del inicio. Es este sumo sacerdote Jesús. He ahí el hombre flagelado, torturado, hecho burla, el Siervo de Yahvé. En su rostro, en su cabeza, en su cuerpo, está plasmada la violencia total del ser humano. Pero al mismo tiempo este es el ser humano.

Si el ser humano es esto, el Siervo de Yahvé, aquel hombre flagelado, ensangrentado, burlado. Si esto es el hombre que nos puede esperar. Jesús ha tomado el lugar del malhechor. Jesús ha tomado el lugar del violento, del que cree tener la autoridad para decidir la vida de los demás. Jesús ha tomado el puesto del mentiroso. Jesús ha tomado el puesto del pecador. Jesús ha tomado el puesto de ti y de mí. Porque sí que nosotros nos merecíamos ser condenados. Este es el Hombre.

Jesús, cargando la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado del cráneo, en hebreo Gólgota. Allí lo crucificaron. Este es el rey de los judíos. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Tengo sed. Todo se ha cumplido. E inclinando la cabeza entregó su espíritu.

Muy amados hermanos y hermanas: Este es el anuncio en este día. Por eso es un día de dolor. Parece ser un día muy triste, ¿cierto? Sin embargo, es un día también que en profunda contemplación debemos ver a aquel que ha tomado el puesto del ser humano para liberarlo, para salvarlo, para redimirlo. Por eso es un día también, entonces, no sólo de dolor, sino de profundo respeto y contemplación. Porque Jesús ha muerto. Pero con su muerte se nos anuncia también la salvación. Por eso queremos nosotros también ahora reconocer en Jesús en la cruz, como el mayor signo del amor en medio de nosotros. Queremos reconocer en la cruz al altar en el que Cristo Jesús, el Sumo Sacerdote, es víctima, sacerdote y altar. Queremos venerar de alguna manera esta cruz, reconocer que, a través de ella, a través de la muerte, Jesús nos ha dado la vida. Por eso, un día también de esperanza, es un día en el cual contemplamos la vida misma.

No es un día de muerte. Es un día de la victoria de la vida sobre la muerte. Es el día de la victoria, del amor sobre el odio. Es el día en que Jesús ya preanuncia también, en su muerte, la salvación y la redención de todo el género humano. Éste es el hombre. Esta humanidad será redimida. Esta humanidad está llamada a poder anunciar el amor, la paz, la salvación.

Les invito, pues, entonces, hermanos, que haciendo todavía ahora un poco de silencio, entremos en este otro momento importante, de contemplar a Jesús crucificado, reconocerlo como nuestro Salvador. Reconocer que Él, por amor ha tomado nuestro lugar. Vamos a hacerlo así, en silencio, con mucho respeto. Ciertamente puede ser dolidos también de esta situación. Sin embargo, también reconociendo la victoria, está esta cruz. Es una cruz victoriosa, gloriosa. Victoria Tú reinarás, oh Cristo tú nos salvarás. Amén.

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