“Perdonarse, reconciliarse, qué bueno es” Mons. Oscar Aparicio

Domingo cuarto del tiempo de cuaresma, domingo de “Laetare”, un llamado a alegrarnos, a reconocer, como invita las Sagradas Escrituras, la misericordia del Padre y una convocatoria al perdón y la reconciliación.

Fueron estos temas los que abordó Mons. Oscar Aparicio en la Celebración Eucarística dominical, en la Catedral Metropolitana de San Sebastián, Destacó que es un gozo interior pleno cuando existe reconciliación, cuando podemos perdonar. Así mismo destacó que es un acto de madurez en la fe, es así como nos quiere el Señor, reconocer nuestras fallas, nuestros pecados para retornar nuevamente a Él; dejando las primeras actitudes del hijo pródigo y las actitudes de su hermano que actúa con egoísmo.

Vídeo y texto de la homilía.

Domingo cuarto de la cuaresma, nuestro itinerario de fe, de preparación hacia la pascua y de seguimiento al Señor. Es un domingo llamado, así también, el domingo de la alegría; es como hacer un alto, diríamos, en todo nuestro camino cuaresmal para experimentar algo fundamental; o por lo menos lo que la Palabra de Dios nos está anunciando.

En este camino que puede muchas veces dar fatiga, el camino que produce también conversión, hay acciones concretas que nos ayudarán a convertirnos. Existe también estos momentos de por decir así oasis o momentos en los cuales nosotros podemos regocijarnos de este camino y encontrar la alegría de estar en el camino del Señor.

Por eso la Palabra habla muy concretamente de algunos ejemplos concretísimos permítanme de descifrarlos un poquito.

La Primera Lectura, el pueblo de Israel celebra por primera vez la pascua en tierra prometida, come del producto de su trabajo. No hay que olvidar que este pueblo, que era esclavo, es liberado por Dios, por la mano de Moisés, vaga por el desierto durante 40 años.

Dios es providente y siempre lo acompaña, incluso les da el maná el, alimento bajado del cielo. Un pueblo que deambula diríamos así, un pueblo que necesita encontrar su dignidad y su libertad. Es un pueblo que ha recibido la promesa de ser: de un pueblo de esclavos, a un pueblo de libertad, el Pueblo de Dios.

Si recibe el maná, lo recibe por providencia de Dios, por amor de Dios. El pueblo experimenta muchísimas veces el amor de Dios y cómo Dios es un Padre que siempre lo protege y lo conduce. Sin embargo, el comer, desde el producto de su trabajo de los bienes o de las semillas que le da Jericó, la tierra prometida da una alegría inmensa.

Yo creo que sumando un poquito lo que nos puede pasar también a nosotros, si se han dado cuenta hay muchos jóvenes, ya mayorcitos también, a veces en el regazo de los papás; que no terminan de salir de casa. Cuando el hijo logra salir de la casa, cuando por ejemplo se ha casado y asume sus responsabilidades le trae sacrificio, tiene que ganarse el pan con el sudor de su frente. Sin embargo produce alegría

El crecer, la responsabilidad asumida, responsabilidad es algo que experimentalmente nos trae a nosotros alegría. No se puede estar siempre en el regazo paternal o maternal. Digo esto porque, hermanos, este pueblo de Israel ha descubierto algo fundamental, que ser libre significa también ser responsable. Es mejor comer del producto de su trabajo, que más bien; por decir, aquí decimos no es cierto: “manguear”. Hermanos míos, hay una responsabilidad y la libertad significa todo aquello.

Por eso el salmo cuando hemos cantado y dice: “Gusten y vean que bueno es el Señor”. El señor no nos quiere siempre niños. El señor no quiere totalmente siempre, aquellos que seamos dependientes.

Si gustamos y vemos qué bueno es el Señor, gustamos y vemos que Él nos hace hijos libres, gente que puede madurar, que puede aprender, gente que puede volar; es como lo que pasan las aves, no es cierto; la mamá lo alimenta, en el nido, hasta que cobra fuerza. Papá, mamá acompaña al nuevo pichón, cuando le ha crecido las alas, a que vuele, debe volar por sí mismo valerse por sí mismo, debe conseguir su alimento por sí mismo. Hermanos, esto trae dignidad, trae dignidad y trae alegría profunda.

La Segunda Lectura, es Pablo que nos anuncia una alegría bella, de la reconciliación. Somos embajadores de reconciliación. Reconcíliense con Dios y consigo mismos, reconciliarse con los hermanos. Es decir, ustedes que han perdido el rumbo, ustedes que no quieren tomar alguna responsabilidad, ustedes que no quieren ser hijos de Dios, o han querido o se han alejado de la casa de Dios, reconcíliense con Él. Ustedes mismos han experimentado, me imagino, en la vida perdonarse reconciliarse, qué bueno es; aunque produzca sufrimiento y temores. Pero cuando hemos dado el paso, por ejemplo, con el hermano, con el vecino, con el esposo, con la esposa, con el hijo, con la hija, que hemos estado peleados; la división, la pelea no trae otra cosa que una experiencia amarga. Si encontramos, el perdón, la misericordia, nos reconciliamos no me digan que no es bueno, sí que vale la pena, no es cierto.

Se ven, a veces, parejitas en la calle, peleando, agresivamente, hasta da mal aspecto; Pero si logran reconciliarse hasta se sonríen, hasta se sonríen

Nuestras familias están muy divididas, nuestra sociedad está muy dividida; cuánta necesidad tenemos de reconciliación y de perdón. Y, hermanos, esto trae alegría y es lo que en gran parte está diciéndonos el Evangelio.

Dos hijos y un padre, el uno que pide la herencia, hasta es desproporcionado es un atrevimiento total; porque las costumbres del pueblo de Israel, los contemporáneos de Jesús, no vivían de esta manera, es más o menos como nosotros. Si un hijo se atreve, va donde su padre le dice: dame la parte de herencia, es un atrevido. Lo normal es que, una vez el padre ha fallecido, entonces se convierten en herederos, mientras tanto no.

Este, pide, exige, la parte de su herencia y lo malgasta. No ha comprendido de ningún modo que aquel es su padre. La relación que tiene con él es como de alguien que le puede dar, como un patrón. Por eso después dice: “cuántos jornaleros de mi padre, cuántos jornaleros de mi padre están bien, retornaré a la casa del padre y le diré padre. No le diré oye patrón, no le diré ni le exigiré nada. Le diré, padre, he pecado contra ti, me he equivocado, no te consideraba papá. No quería recibir tu amor, no quería vivir en tu casa, quería ser independiente, pero en una relación totalmente distinta o distante. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, porque yo no me consideraba hijo tuyo, trátame como uno de tus jornaleros”.

Vean la Palabra es muy clarita, pasa de la consciencia de saber que su padre no es un patrón, sino su padre y lo ama. El hijo mayor que parece fiel, es un hijo que tiene una relación con su padre al mismo estilo; no los reconoce como papá, es un esclavo un jornalero, comodoncito, prefiere no salir de la casa del padre, pero rodea la casa del padre, espera aquí cuando pueda ser dueño de toda la herencia. No considera a su padre como tal y por tanto no experimente el amor de vivir en la casa del padre. Porque cuando el hijo que se había marchado y retorna, provoca una fiesta en el corazón del padre, este no quiere entrar. Y qué le dice: “ese hijo tuyo que ha vuelto”, miren, no consideraba ni al papá como tal ni al hermano. Es un profundo egoísta. “yo siempre estado contigo”, le dice, “cuando es hijo tuyo ha retornado le has dado todo lo mejor”. Sería bueno preguntarnos cuál hijo somos, o tal vez los dos.

El padre cómo actúa. Es alguien que ama que considera a sus hijos total y plenamente y en plenísima libertad. Al primer hijo, qué le que le dice, no le mete juicio, no le dice eres un atrevido y no te voy a dar lo que lo que es mi herencia, lo que es mío. Entrega, deja que haga la experiencia de vivir alejado del amor y de la casa del padre; pero lo espera, lo espera. Cuando retorna este hijo se echa a sus brazos, solloza, lo besa.

Son actitudes que en ese tiempo no se podían permitir. Que alguien que tiene una dignidad de enorme, tenga que correr, era inconcebible; que alguien tenga que echarse al cuello del otro y besarlo inclusive, era también inconcebible, era cómo rebajarse en la dignidad. Este padre le importa poco aquello, ama profundamente, ha encontrado a su hijo, su hijo ha retornado. Mata el cordero cebado y dice qué hay que hacer, le pone la dignidad total con la vestimenta, le pone el anillo, para decir has vuelto a la realeza, eres de una dignidad total, le pone las sandalias. “Has pasado de ser esclavo a hombre libre, hijo mío, hagamos fiesta”, el signo más claro, “entremos en profunda alegría; este hijo estaba perdido y ha sido encontrado, este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”.

Con el otro hijo actúa de la misma manera. “Hijo mío”, le dice, “hijo mío, tu hermano estaba perdido y ha sido encontrado, entra a la fiesta, participa de la alegría participa del amor y del perdón”.

Queridos hermanos, queridas hermanas, espero que acojamos esta palabra, así en esta plenitud total. Nosotros que estamos haciendo un camino de fe, un camino de preparación hacia la pascua, podamos preguntar también aquello que nos espera. Esta alegría enorme, será inmensa la alegría en la pascua del Señor si hemos hecho un pequeño alto entonces en esta palabra o en este cuarto domingo de cuaresma. Que esto nos ayude profundamente también a entrar en esta alegría.

Decíamos que la cuaresma no sólo es vestirse de ceniza, caras tristes, sino la conversión también produce alegría. Si hemos dado buenos pasos que pueden haber provocado cierto sacrificio o un camino dificultoso, podemos saber que encontramos también solaz, que encontramos alegría.

Coraje hermanos, les invito a retomar el último el último tiempo de esta cuaresma, si pueden remarcar el tema de la reconciliación, la confesión, el recibir el perdón, sería también bueno. De hecho, el día viernes, este viernes que viene, tendremos, que ya es una costumbre aquí la Confemaratón. Desde las siete de la mañana, habrá confesores hasta el último penitente, todo el día. Vean que es un signo muy importante, muy interesante, que nos ayude a reconciliarnos también con Dios, con el mundo, con nosotros mismos y con nuestros hermanos.

Amén

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