“Reconozcamos que Dios nos ama, nos hace hijos suyos. Que nuestro testimonio y respuesta sea traducida en lazos de amor, reconciliación, paz, reconociéndonos hermanos” Mons. Oscar

En el segundo domingo después de la navidad, celebrando este tiempo especial, el Arzobispo de Cochabamba, durante su homilía, llamó a reconocer que Dios ama y a todos los hombres y mujeres, como hijos suyos. En ese amor, invitó a vivir en ese espíritu que toca los corazones para vivir reconociéndose hermanos unos con otros.

Monseñor además pidió reflexionar en la segunda lectura, la carta a los Efesios, como guía para la vida de discípulos del Señor “la podamos hacer que entre en nuestro corazón, que pueda desvelarnos aquello que es la gran manifestación del Señor y que nos ayude a poder responder a este amor que Dios nos da. Porque si hay otra razón fundamental de lo que nos anuncia y del cual nosotros podemos ser gozosos y de bendecir a Dios, es porque nos hace hijos. Somos hijos e hijas, hermanos entre nosotros. Pero sobre todo somos o se nos ha regalado, por el amor profundo que Dios nos tiene, nos ha regalado esta filiación divina”.

Texto de la homilía

Hoy nos ha nacido el Cristo, el Mesías, el Señor. Esas eran las palabras en la Nochebuena y en el día de la Navidad, que se proclamaba muy fuertemente y de manera pública. Nos ha nacido el Mesías, el Salvador, el Cristo. Y a lo largo de todos estos días, todavía después, en este ambiente todavía navideño, estamos siendo testigos de que esta palabra, o, mejor dicho, este Cristo, el Mesías, el Señor, tiene nombre propio.

Se trata justamente de este Niño Jesús, el Dios con nosotros, el Emmanuel, el anunciado por los profetas, aquel que ha nacido de María, la Virgen Madre. Jesús significa Dios salva. Se trata de Él, que es la luz del mundo que ya anunciaban también o han sido testigos los mismos pastores aquella noche y hemos sido testigos también nosotros, aquella noche en la que se nos anunciaba el nacimiento del Señor, del Mesías, del Cristo, del Salvador.

Esta luz que aparece, que ilumina las tinieblas, esta luz que ilumina nuestro sendero, es también la palabra hecha carne. El Verbo se hizo carne y habitó en medio de nosotros. Es lo que Juan nos está anunciando prácticamente ya desde el día de la Navidad. El evangelista Juan y es Juan Bautista el que nos ha indicado quien es la luz, dice Yo no soy la luz que ha venido al mundo. La luz será otro, aquel que me ha precedido. Aquel que ha existido desde siempre. Esta luz se hace también, por tanto, Palabra, la Palabra creadora, la Palabra amorosa, la Palabra presencia del Niño Jesús es una persona, no es un nominativo, es Jesús mismo, es este Niño Jesús, es este Dios hecho hombre, la Palabra.

Y hoy, de alguna manera también, aunque de manera indirecta nos dice el libro del Eclesiástico es la sabiduría. Vean que hay muchísimos atributos para hablar de Dios presente en medio de nosotros, pero de manera particular, significativamente está indicando a este Niño Jesús que acampa, que está entre nosotros, que habita en este mundo, que ha nacido en nuestras familias, que es el motivo profundo de nuestro gozo. Es la mayor presencia amorosa de Dios.

Por eso el día de ayer hemos intentado explicar lo mejor que podíamos sobre este hecho de que Dios nos ha bendecido enormemente. Dios se ha fijado en nosotros. Dios nos ama profundamente. Si nos ha hablado, nos ha hablado al corazón y nos ha hablado palabras amorosas. Se ha manifestado de esta manera. Por eso decíamos también ayer, la mejor manera nuestra cierto es celebrar la Eucaristía. Pero la mejor manera, manera nuestra también es responder recíprocamente a este amor dado por Dios, que se traduce también en el amor a los hermanos. Que este año sea justamente esta actitud, reconociendo que Dios nos ama y nos ha adoptado, nos hace hijos e hijas suyos. No estamos abandonados y no somos huérfanos. Que nuestro mayor testimonio y nuestra mayor respuesta a este amor sea también traducida en lazos de amor, de reconciliación, de paz entre nosotros mismos y reconociéndonos hermanos y hermanas.

Por eso la palabra hoy de Pablo a los cristianos de Éfeso se convierte otra vez, como, digamos, en un Plan Salvífico, pero también nuestro, cuando dice: Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Repito, ayer tratábamos de explicar que también nosotros podemos bendecir a Dios. Estamos acostumbrados mucho a que sea Dios que nos bendiga y además lo decíamos, que a veces estamos acostumbrados estereotipadamente a decir muchas palabras y que han sido vacías en su contenido, porque la repetimos casi sin sentido. Y en cambio, saber que Dios nos bendice su presencia amorosa. Saber que Dios nos bendice porque nos acompaña. Saber que Dios nos bendice porque nos da su fuerza para poder enfrentar las adversidades.

Si Dios nos bendice es porque nosotros también tenemos un camino en nuestra convocación común hacia la santidad. Por eso, bendito sea Dios. Pablo nos enseña a decir así: Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué sea bendito? Porque nos ha dado a todos una infinidad de dones, pero sobre todo nos ha dado a Jesucristo, Nuestro Señor, aquel que nace, el Cristo, el Mesías, el Señor, aquel que es la sabiduría, la Luz y la Palabra. Aquel que está presente en medio de nosotros. Aquel que nos fortalece. Aquel que camina junto a nosotros. Aquel que nos habilita, repito, para hacer o enfrentar toda adversidad. Aquel que nos enseña a amar y a perdonar. Aquel que nos hace entender que la vida es un don enorme. Nuestra vida y la vida de los demás.

Bendito sea Dios, decimos bien de Dios, lo alabamos, lo bendecimos, lo glorificamos, porque reconocemos y queremos ser conscientes lo que de verdad se nos ha dado. Bendito sea Dios porque nos ha donado a Jesucristo la mayor expresión del amor de Dios está en este Niño Jesús. Él nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo y nos ha elegido en Él antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia por el amor.

Queridos hermanos, les invito a que reflexionemos estas palabras. Ustedes en casa, después de la misa, hoy tomen la hojita dominical y vayan a esta segunda lectura. Pablo a los Efesios y que nos indica justamente todo este gran misterio que nos está revelando el Señor. ¿Cómo vamos a caminar este año? ¿Cómo vamos a aprender a amar a los demás? ¿Cómo podemos enfrentar las adversidades? Cómo podemos juntos hacer Sínodo, lo que estamos diciendo constantemente también en nuestra Arquidiócesis ¿Cómo podemos dar a conocer a Jesucristo, a los demás, sobre todo aquellos que todavía no lo conocen? ¿Cómo podemos ser esperanza para los demás? ¿Cómo podemos aprender a ser iglesia entre nosotros? Cómo podemos descubrir a Dios, Palabras, Sabiduría, Verbo hecho carne, el Cristo, el Mesías, el Señor en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestra realidad, en nuestra sociedad. Les invito, pues, que, con calmita, una a una, esta palabra de Pablo a los Efesios la podamos reflexionar, la podamos hacer que entre en nuestro corazón, que pueda desvelarnos aquello que es la gran manifestación del Señor y que nos ayude a poder responder a este amor que Dios nos da. Porque si hay otra razón fundamental de lo que nos anuncia y del cual nosotros podemos ser gozosos y de bendecir a Dios, es porque nos hace hijos. Somos hijos e hijas, hermanos entre nosotros. Pero sobre todo somos o se nos ha regalado, por el amor profundo que Dios nos tiene, nos ha regalado esta filiación divina.

El cielo y la tierra se han acercado. El ser humano, es decir, nosotros, tú y yo, hemos sido agraciados a Dios no por nuestros méritos, no por nuestros esfuerzos, no por lo que podamos tener, sino porque Él nos ha mirado y nos ha mirado con un amor profundo y te ha tocado el corazón y te ha hecho hijo e hija. Por tanto, que nuestro caminar sea también en este año, en este espíritu. Que reconociéndonos también nosotros como hermanos, podamos caminar juntos.

Lo que después dice el Evangelio sería muy largo volverlo a repetir. Sin embargo, también que sea motivo de la reflexión de ustedes. Les invito, pues, entonces, hermanos y hermanas, a que jugamos esta palabra, a que nuevamente acojamos y renovemos esta presencia del Niño Jesús en nuestras vidas. Que podamos nosotros hacer presente a este Señor en nuestras vidas, reconciliándonos, entrando en paz, siendo mensajeros al mismo estilo de Juan Bautista, sin pretender otra cosa sino simplemente vivir en este amor y transmitir este amor. Amén

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