Visita de María a su pariente Isabel – P. Miguel Manzanera

La Iglesia Católica Romana en su calendario litúrgico, desde el día 18 hasta el 25 de diciembre, celebra el embarazo de la Virgen María de la Dulce Espera, culminando con la gran Fiesta de la Navidad de su hijo Jesús, quien es el Hijo del Padre celestial y de la Madre Divina. Uno de los textos para conocer estos sucesos es el “Protoevangelio de Santiago”, documento antiguo que, aunque sin estar reconocido oficialmente por la Iglesia, muestra señales de veracidad en sus relatos sobre la estadía de la niña María en el Templo de Jerusalén, sus desposorios con José y su maternidad de Jesús.

Según los capítulos 1 a 14 del Protoevangelio los padres de María, fueron Santiago y Ana, esposos que vivían en Jerusalén y practicaban cuidadosamente la fe judía y la caridad. Sin embargo, vivían entristecidos porque no tenían hijos y ambos eran de edad avanzada. Por eso rogaban a Dios y ofrecían limosnas a las personas pobres, hasta que finalmente Dios les anunció que su oración había sido escuchada. Ana dio a luz a una hermosa niña, a la que pusieron el nombre de María, en hebreo “Miryam” que significa “Amada de Yahvé”. Recordemos que cuando el pueblo hebreo, esclavizado en Egipto, decidió recobrar su independencia fue precisamente Miryam, la hermana de Moisés y de Aarón, quien cantó la oración de liberación (Éxodo 15,20; 26,59).

La niña María fue tratada con mucho cariño por sus padres y parientes. Pero al cumplir tres años sus padres, considerando que era un regalo de Dios, decidieron llevarla al Templo de Jerusalén para que se quedase allí educándose y colaborando en el culto ya que consideraban que ella era un regalo de Dios. Aunque no eran normal que una niña viviese en el Templo, Zacarías, el Sumo Sacerdote, la recibió y después de haberla besado, la bendijo y exclamó: “El Señor ha bendecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel”.

La niña fue confiada en el Templo a una mujer piadosa, ya menopáusica, para ser cuidada y también para ser introducida en la vida religiosa del Templo, donde aprendería a recitar los salmos bíblicos y otras oraciones.

Antes de cumplir María doce años de edad, Zacarías, Sumo Sacerdote, y los otros sacerdotes, se reunieron para deliberar sobre el futuro de María, ya que, según las normas del Templo, no podía quedarse a vivir allí ya que podría mancillar el lugar sagrado con sus menstruaciones. Entonces le pidieron a Zacarías que orase por ella para ver qué le inspiraba el Señor Dios. El Sacerdote entró en el lugar más santo del Templo y allí oró por la doncella María. Entonces el ángel del Señor se le apareció y le dijo: “Zacarías, sal y reúne a los viudos del pueblo, para que cada uno traiga una vara y de aquel sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de ése será mujer”.

Salieron los heraldos por toda la región de Judea, tocando la trompeta del Señor. Al final unos doce viudos, entre ellos José el carpintero, se presentaron en el Templo con sus respectivas varas. El sacerdote las tomó y oró sobre ellas. Luego les devolvió las varas a los presentes. José recibió la última y de ella salió una paloma que se puso a volar sobre su cabeza. Entonces el sacerdote le dijo: “A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor”.

Pero José replicó: “Tengo hijos y soy viejo, mientras que ella es una niña; no quisiera ser objeto de risa por parte de los hijos de Israel”. Entonces el sacerdote le respondió: “Teme al Señor y ten presente lo que hizo con Datán, Abirón y Coré; cómo se abrió la tierra y fueron tragados por ella como castigo por su idolatría (Cf. Números 16,30-35). Y teme ahora tú también, José, no sea que sobrevenga esto mismo a tu casa”.

José, lleno de temor, recibió a María bajo su protección y la llevó a su casa en la aldea de Nazaret en Galilea. Después le dijo como compromiso matrimonial: “Te he tomado del Templo; ahora te dejo en mi casa y me voy a continuar mis construcciones. Pronto volveré. El Señor te guardará”.

Estando viviendo en Nazaret, la Virgen María recibió la visita del Ángel Gabriel según narra el Evangelio de Lucas (1,46-55). El Ángel comunicó a María que iba a ser la Madre del Hijo de Dios. Ella se sobresaltó, ya que desde su primera infancia en el Templo de Jerusalén se había ofrecido totalmente a Dios, siguiendo el ejemplo del Siervo de Yahveh (Isaías 42-55), renunciando a casarse y a tener hijos como penitencia por los pecados del pueblo.

Ante esa dificultad el Ángel le explicó que Dios aceptaba su virginidad y que el Hijo del Dios Altísimo se encarnaría en el seno de María por obra de la Divina Rúaj (Espíritu). Como señal de la veracidad de su anuncio, el Ángel comunicó a María que su prima Isabel, esposa del sacerdote Zacarías, a pesar de ser muy mayor y considerada estéril, estaba encinta ya en su sexto mes.

Ante esa sorprendente noticia María se puso en camino para atender a su pariente Isabel en el pueblito Ain Karim a unos 6 km de Jerusalén. Allí se encontraron estas dos santas mujeres, ambas encintas: Isabel, la madre de Juan, quien será llamado el Bautista, y María, la Madre del Hijo de Dios cuyo nombre será Jesús.

El niño en el seno de su madre, al sentir la cercanía del niño Jesús, saltó de alegría en el vientre de su madre Isabel, quien llena de la Rúaj Santa (Espíritu), exclamó: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que te fueron dichas de parte del Señor!”.

A continuación, Lucas recoge el canto del Magníficat, que la Virgen María entonó, de modo similar al canto de Miryam, cuando el pueblo de Israel logró salir de Egipto y ser liberado de la esclavitud en la que vivía.

Como conclusión tenemos que alegrarnos con Miryam, con Isabel y sobre todo con María, por agraciadas de Dios para ser madres en sus respectivos embarazos salvíficos. La alegría de ser madre es el gran privilegio de la mujer al sentirse generadora y protectora de una nueva vida humana, con el derecho, compartido con el esposo, de ser reconocida como madre por su propio hijo gestado en su seno.

A pesar de adelantos económicos hay todavía países que no reconocen el derecho de todo ser humano a la vida desde la concepción o no lo valoran suficientemente, siendo hoy el aborto provocado un fenómeno muy extendido como el daño más terrible contra el futuro de la humanidad.

Podemos contrastar la inmensa alegría de María y de Isabel al sentirse madres en sus respectivos embarazos con la tragedia de muchas mujeres que abortan directamente o utilizan medios anticonceptivos, algunos también abortivos, como son los dispositivos intrauterinos y las píldoras contraceptivas, que destruyen la vida de seres humanos indefensos e inocentes.

La Virgen María sobresale como la Madre Virgen, agraciada por ser la Nueva Eva, que cuidará de su Hijo Jesús durante toda su vida e incluso al pie de la cruz, asociándose con Él, como el Nuevo Adán.

El ya emérito Papa Benedicto XVI, el 31 de mayo del 2011 dijo: “Al meditar hoy la Visitación de María, reflexionamos precisamente sobre esta valentía de la fe. Aquella a quien acoge Isabel en su casa es la Virgen quien ‘creyó’ al anuncio del ángel y respondió con fe aceptando con valentía el proyecto de Dios para su vida y acogiendo de esta forma en sí misma la Palabra eterna del Altísimo”.

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